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Quedar en el gimnasio

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07.04.2026

Quedar en el gimnasio

«Al gimnasio hay que ir ya en forma, y no con las lorzas colgando»

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El 'Guernica' y la quimera vasca

Hace tiempo que los gimnasios empezaron a poner mesitas en la entrada, y una barra, de tal modo que al pasar por delante es fácil confundirlos con una cafetería. Esas mesitas vacías, tan limpias, me venían intrigando, hasta que alguien me lo contó, con una ... naturalidad aterradora: «Es para los que quedan en el gimnasio». Ya no se queda para ir al gimnasio: se queda en el gimnasio. La preposición lo cambia todo, porque convierte un centro de entrenamiento en un centro de estar, de ser, de socializar. Los gimnasios se eligen con el mimo con el que se elige el colegio del crío, porque también ahí te va el futuro, y vas a pasar más horas. En el gimnasio te sientas, te pides un cortado con leche de avena, hablas de rutinas de entrenamiento, de nutrición, de respiración, de salud del sueño, de Marcos Llorente, de cualquier cosa, supongo, que te permita seguir hablando, tonteando, la historia de siempre.

Los gimnasios están dejando de ser gimnasios para ser otra cosa: el Corte Inglés de la buena vida, el bar de la esquina, un centro de rehabilitación de adicciones, un respiro de la vida conyugal. El otro día confundí un gimnasio con una discoteca (están los gimnasios-cafetería y los gimnasios-discoteca, y no hay mucho más en medio), y después descubrí que existe su némesis, la discoteca-gimnasio, que es como celebrar una clase de zumba en Fabrik, donde ya se hacía deporte, pero con dopaje. Lo llaman fiestas de dopamina real y ya han llegado a Madrid, donde la gente también queda a comer en el Mercadona.

Esta expansión del gimnasio, creo, empezó el día en que las zapatillas de deporte se convirtieron en zapatillas de vestir, y la gente (yo mismo) empezó a ir al trabajo con las New Balance con las que antes se hubiera ido de running, tan acolchado, tan contento. Así, sibilinamente, el deporte pasó a ser el 'fitness', y ya no era algo que hacías unas cuantas veces por semana para estar bien, sino un estilo de vida a tiempo completo. Eso era lo que decían los surferos de los primeros 2000: esto no es un deporte, es un estilo de vida. Eso significaba muchas cosas, entre ellas que no bastaba con surfear, sino que tenía que notarse que surfeabas, necesitabas la ropa, el pelazo, el aura. Es lo que pasa ahora con el gimnasio.

A mí la intimidad del gimnasio siempre me ha parecido rara y curiosa y divertida, una alteración del orden natural del civismo: primero ves a alguien sudar, y luego conoces su nombre. Había una ligereza en el gimnasio de que todo daba igual, una ligereza de camiseta ancha y caras rojas, de hermandad en el sufrimiento y el ridículo. Todo eso se está perdiendo en la expansión del 'fitness', que está llevando el mundo al gimnasio, con sus normas rígidas. Hace cinco años que Zara estrenó su línea de ropa deportiva. El mensaje está claro: ya no se puede ir al gimnasio vestido de cualquier manera. Y digo más: al gimnasio hay que ir ya en forma, y no con las lorzas colgando.


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