Prohibido bailar
La generación que más orea la vida en las redes sociales está descubriendo el lujo de los sitios sin archivo
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Ángel Antonio Herrera
Leo aquí mismo que los jóvenes le han tomado pánico al baile, por si les graba un móvil y acaban de travoltas en las redes a traición. De modo que el móvil funciona contra la discoteca. Este temor a ser grabado, bajo alegrías coreográficas, ... nos revela de arranque dos cosas que igual ya sabíamos. Cosa uno, que el móvil es una tiranía. Cosa dos, que estamos a dos canciones de bailar sólo para el TikTok de la soledad, donde el desmelene es una normativa. Vamos haciendo un mundo que es un asco perfecto, entre el puritanismo homicida y la falsedad documental de Instagram. El baile ha sido desde siempre un modal de la desaparición, porque te abandonas al ritmo y dentro del ritmo de ti te ausentas. Pero resulta que la ciencia digital, que avanza que es una barbaridad, te hace enseguida un reportaje del sábado a la noche, en la discoteca, y quedas de tontiloco bailón para el mismo entero, tras el pispás de la cacería de un móvil. El baile, así, queda a tres estribillos de ingresar en la clandestinidad. El baile también ha sido, desde siempre, una variación del ridículo aceptado, con aspavientos aéreos, y un entusiasmo digno de mejor causa, en general. Pero durante décadas ese ridículo ha sido efímero. Existió en el instante, como tantos milagros, como tantas tontunas, y luego se evaporaba en el humo último de la madrugada. Quedaba, quizás, en la memoria borrosa de los amigos. Nada más. Pero ahora la espontaneidad se ha vuelto un riesgo. No es que le falten ganas al bailón, sino que le sobra sospecha, o evidencia incluso, de estar siendo espiado. Y no por los presentes, sino por los ausentes. La mirada ya no pertenece solo a quienes están en una discoteca, o en un concierto, sino también a una multitud invisible que va a aparecer después, cuando el vídeo circule. La generación que más orea la vida en las redes sociales está descubriendo el lujo de los sitios sin archivo, de la libertad perdida que incluye el anonimato. La noche ya no termina al amanecer. Ahí sigue en la eternidad de Instagram, como un travolta de reguetón que se lo estaba pasando como si no le viera nadie.
