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Fernando Ónega

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04.03.2026

En un país vicioso del tambor de plató, y el titular en llamas, él sostuvo el aseo difícil de la frase afinada

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Ángel Antonio Herrera

Se ha ido Fernando Ónega según solía venir, bajo una distinción que incluye el silencio. Usó la mesura para cerrar una arquitectura. Prestigió el color de una voz pensativa y personalísima, con algo de elocuencia entredorada, que nos llegaba siempre antes que el dato ... o la noticia glosada. Quiero decir que iba Ónega a bordo de un estilo. Le traté en la radio de Alsina, y aún antes, y predicamos juntos en algunas teles, donde gastaba una cortesía casi antigua, como de marqués de amistad que no sabes si acaba de llegar del pueblo gallego donde nació, o quiere irse allí mañana mismo. En un país vicioso del tambor de plató, y el titular en llamas, él sostuvo el aseo difícil de la frase afinada. No iba a la radio a ponerle dinamita a la mañana, sino a ponerle unas buenas barandillas. No invirtió ni mucho ni poco en construir el personaje, porque se ocupó de no descuidar la credibilidad. En los días decisivos de la Transición, cuando todo era frágil como un relente, entrevió rápido que el país necesitaba el relato antes que el ruido. No vistió el ajuar excéntrico ni cultivó el aura del oráculo nocturno. Ejerció algo aún más raro, la confianza. Y la confianza, en el oficio de la palabra, es una plata que sólo se acuña con los años, pero se puede perder en el soplo de un minuto. Remató un carrerón sin escándalo estrepitoso ni caída teatral. No necesitó reinventarse, porque su propósito estaba en la coherencia, que ha de inaugurarse a diario. La mesura, en él, no fue una estrategia sino un carácter, una forma de respeto al oyente, al entrevistado y también al idioma. Le preocupó antes el criterio que el público. Ahí veo yo una vertiente de la audacia. En medio del periodismo español, tan propenso al alboroto de clarín y a la fiesta de la arenga, Ónega estiró su éxito desde la templanza, ese estruendo inverso. La moderación, si se quiere verdadera, no apaga el debate, porque lo hace posible, entre otras cosas. Sostuvo un atletismo de buena corbata y una paciencia de relojero galaico que revisa el mecanismo del día para que no se nos atrase la convivencia.


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