Las dos 'red flags' para construir un periodismo mejor en tiempos de viralidad
La actualidad no nos da tregua. Incluso nos acompaña en la cama desde un teléfono móvil que se ha convertido en nuestra relación más fiel. Le contamos todo. Le hacemos caso a casi todo. Pasamos con el dedo por sus reels, por sus tuits y nos quedamos allá donde la emoción se nos excita. Así nos vamos convirtiendo en fanáticos más que ciudadanos críticos. Cual afición de un equipo de fútbol del mundial, jaleamos a los nuestros, deshumanizamos a los contrarios e incluso elegimos vehemencia a verdad. Porque en las redes sociales siempre habrá alguien dispuesto a dar la razón a nuestros deseos. Aunque sea con un fake. Los periodistas también nos contagiamos de ese fervor de vivir la actualidad como un reality show. Tanto que la búsqueda de la objetividad parece demodé. Y ni siquiera está penado estar sometido a una causa. Al contrario, se premia a aquellos que se posicionan al máximo. Porque los artistas de la polarización van alcanzando su objetivo: domesticarnos desde el individualismo que confunde libertad con sálvese quién pueda y periodismo con defensores.
Mercaderes de las corrientes de opinión que saben que para manipular mejor el primer paso es derribar los puentes. Táctica........
