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La proteína del guisante y el último misterio de Mendel: ciencia para comer mejor

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16.04.2026

En algún momento de la década de 1860, en el huerto de un monasterio, un fraile agustino llamado Gregor Mendel se dedicó a hacer algo que hoy suena casi imposible: cruzar plantas una y otra vez, anotar resultados y contar. No buscaba el “ADN” (ese concepto ni existía), pero sí intentaba encontrar la respuesta a un interrogante enorme: ¿cómo se transmiten los rasgos de una generación a la siguiente?

Su modelo de trabajo fue el guisante de jardín. Observó siete rasgos (como son la forma y color de semillas y vainas) y, tras cruzar unas 28 000 plantas, propuso que las características heredadas dependían de factores discretos que se combinaban de manera predecible. Aquella idea, que hoy resumimos como herencia mendeliana (dominante/recesiva), se convirtió en uno de los relatos fundacionales de la biología moderna.

Lo curioso es que, pese a que la genética ha avanzado a pasos agigantados, la historia de Mendel guardaba una ironía: durante más de 160 años, la ciencia seguía sin poder señalar con total precisión qué genes explicaban tres de esos siete rasgos clásicos en el guisante.

Un alimento humilde que se volvió estratégico

¿Por qué debería importarnos hoy un “misterio” de guisantes? Porque este vegetal no vive solo en los libros de texto. Vive, sobre todo, en la despensa.

En términos de nutrición, las legumbres (incluido el guisante) tienen una presencia estable en muchas culturas por una razón sencilla: aportan proteína vegetal y suelen acompañarse de fibra, lo que las vuelve útiles en dietas que buscan saciedad, variedad y un perfil más equilibrado. Además, en un mundo que intenta reducir el impacto ambiental de lo que come, las proteínas vegetales han ganado protagonismo como complemento –no necesariamente sustituto total– de la proteína animal.

El guisante ha pasado de ser “actor secundario” a ocupar un lugar central. Su proteína se ha convertido en........

© The Conversation