Paseo Bandera: ¿y la participación ciudadana?
Este jueves, el alcalde de Londres Sadiq Khan aprobó lo que más de 20 años de debate urbano no habían logrado: la peatonalización de Oxford Street, una de las calles comerciales más visitadas del mundo. Los vehículos quedarán prohibidos en 1,1 kilómetros entre Oxford Circus y Marble Arch, con obras que se iniciarán durante el verano europeo. La decisión es fruto de un piloto con participación de locatarios y dos consultas ciudadanas. En la más reciente, dos tercios de los participantes respaldaron la medida. No sin debate.
Pero sí con participación ciudadana y método: si vamos a cambiar, si vamos a invertir, que la ciudadanía se pronuncie.
En Santiago, sigue abierta la discusión que se reactivó el 2 de febrero, cuando comenzaron las obras para devolverle al transporte público el espacio que durante ocho años ocupó el Paseo Bandera. El debate tiene una primera ola: fue en octubre de 2025 cuando las máximas autoridades de la Municipalidad de Santiago y del Ministerio de Transportes anunciaron el cambio. La reacción fue inmediata, pero se diluyó durante meses, hasta este verano.
La historia del Paseo Bandera es un caso curioso. Lo que nació como intervención temporal de “urbanismo táctico” —aprovechando el cierre por las obras del Metro en 2013 y el desperdicio del espacio que eso significó— terminó siendo un colorido hito de todo lo que supuestamente está bien, según los criterios reinantes.
Inaugurado en diciembre de 2017 bajo el alcalde Alessandri, se transformaron 400 metros de calzada en un mural de piso, murales laterales, una obra escultórica y mobiliario, entre otros. El optimismo fue total: “Estamos recuperando la ciudad para que no sea más un centro duro, sino un centro amigable”, celebró Alessandri.
Claudio Orrego, entonces intendente, declaró que “este es el tipo de ciudad que queremos, donde las personas se sientan protagonistas”. Pensado como provisorio, mutó a permanente, ganó el Premio de la Ciudad 2018 y, de acuerdo con cifras que circularon durante la etapa buena, el flujo peatonal subió 278% los fines de semana y la satisfacción alcanzó 96% de aprobación. Nadie imaginaba que ese lugar comenzaría a decaer hasta volverse su doble opuesto.
Quién iba a imaginar que terminaría como imagen de la decadencia del espacio público, la pobreza, la inseguridad. El estallido de 2019, la pandemia y el descuido durante la administración de Irací Hassler dejaron al Paseo Bandera en el estado que hoy conocemos. El alcalde Mario Desbordes ha sido categórico: el deterioro lo convirtió en “foco de delincuencia”, un espacio “muy deteriorado, romantizado por quienes olvidan que fue una intervención transitoria que nunca tuvo el mantenimiento que necesitaba”.
De ahí la decisión de intervenir: habilitar una pista de 3,5 metros exclusiva para buses Red Movilidad, manteniendo el 90% del espacio como zona peatonal. Las obras, financiadas por el Ministerio de Transportes con 1.600 millones de pesos, durarán 140 días. El corredor debería estar operativo en el segundo semestre de 2026.
Tras el inicio de los trabajos aparecieron las cartas de los detractores. La más comentada: la de los cien firmantes —arquitectos, ingenieros, urbanistas y académicos— publicada en El Mercurio bajo el título “Bandera amarilla”, liderada por Pablo Allard, decano de Arquitectura de la UDD. El ancho de la calle —14 metros— es insuficiente para la convivencia entre peatones y buses. “¿Es esto lo que queremos para revitalizar el centro de Santiago? ¿Qué estudios avalan que los buses reducirán las incivilidades?”, es parte de lo que se leía. Desde el municipio y el Ministerio se ha insistido en que el corredor beneficiará a 40 mil personas, reduciendo en más de la mitad sus tiempos de viaje y agilizando la conectividad norte-sur del centro.
En Radio Agricultura esta semana, Allard tuvo el espacio para profundizar. “No nos oponemos a que vuelva el transporte público”, aclaró, “sino que levantamos la preocupación de que los beneficios serían menores que los impactos.” Reconoció también que el alcalde Desbordes lleva adelante una campaña valiente para erradicar las incivilidades del centro, pero que la inseguridad está concentrada en el paso bajo nivel de la Alameda, y que la mejor herramienta para enfrentarla es revitalizar el nivel de la calle, no meter buses. Y planteó la pregunta que en el fondo organiza todo este debate: “Estamos a pocos años de los 500 años de la fundación de Santiago y queremos que la ciudad sea un gran lugar para vivir, trabajar y entretenerse. ¿Es esto lo que queremos dejarle?”
La mirada histórica entró al debate a través de una aguda columna del académico Marcelo Mardones, de la Escuela de Historia de la UDP. Mardones recuerda que la peatonalización de Ahumada y Huérfanos, a fines de los setenta, transformó la experiencia urbana, fortaleció el comercio y redefinió el carácter del casco histórico. Y pone el dedo en la llaga: “La discusión sobre Paseo Bandera ha sido presentada como un problema de tránsito. En realidad, es una discusión sobre el proyecto colectivo de ciudad. Y eso, nos guste o no, es política.”
A este debate se ha sumado la preocupación patrimonial. El Club de la Unión —cuyo edificio es Monumento Histórico— presentó reclamos ante el Consejo de Monumentos Nacionales por las eventuales afectaciones que podría generar la intervención del paseo en el inmueble: advierten riesgo estructural por vibraciones, un impacto visual y paisajístico invasivo, y alteración del uso y goce del espacio público. La pregunta que queda flotando es incómoda: ¿por qué el CMN no tomó la iniciativa antes de que comenzaran las obras? Es el organismo técnico del Estado cuya misión, según la Ley 17.288, es precisamente supervisar y autorizar intervenciones urbanísticas que afecten inmuebles patrimoniales. Calle Bandera concentra varios. Hasta ahora, su silencio ha sido parte del paisaje.
A pocas cuadras, en el tercer piso de un edificio neoclásico de la misma calle —clasificado como Inmueble de Conservación Histórica— funciona SomosZen, cafetería fundada en 2024 por Marina Gracés y Darío Pinto. “Sentimos que se pierde un espacio con enorme potencial cultural. Una calle mixta puede ser más peligrosa que un paseo peatonal bien diseñado”, me dicen. En una encuesta a clientes y vecinos que realizaron a través de su IG, 104 votaron en contra del cambio y solo 9 a favor. Han tocado la puerta de las autoridades municipales sin recibir respuesta.
Los locatarios son las voces menos escuchadas en esta conversación tardía. En un recorrido por el tramo entre el Museo de Arte Precolombino y Rosas, buena parte dice no saber de qué van las obras ni cómo afectarán sus ventas. Todos cruzan los dedos. Desde Nostalgic, cadena de ropa segunda mano con tres locales en apenas dos cuadras de Bandera, reconocen que inicialmente el paseo generó más seguridad contra robos, pero que no despertó un polo turístico.
“A poco de inaugurado llegó el estallido. Las empresas optaron por el teletrabajo, esos clientes dejaron de existir. A la calle fue llegando la inmigración y el comercio informal”, explican. Mijael Maldavsky, dueño de Orange Blue, con dos grandes tiendas en esas mismas cuadras, es tajante: “Las patentes suben, los arriendos suben y las ventas bajan. Espero que sea para bien el cambio y que la gente vuelva al centro, que tan mal lo dejó la alcaldesa anterior. Desde el estallido todo decayó: zona insegura, fea, con mal olor y fachadas rayadas.”
En lo único que coinciden todas las voces —arquitectos, urbanistas, académicos, autoridades, locatarios, paseantes— es en que la violencia de octubre de 2019 dañó el centro de Santiago de tal manera que incluso los colores del Paseo Bandera se deslavaron.
Frente a la controversia se instaló la posibilidad de una mesa de trabajo entre autoridades y especialistas. ¿No es bastante tarde? No es una pregunta retórica. Es la descripción de un déficit real en cómo se toman las decisiones sobre el espacio público en Chile, aunque en campaña el término “participación ciudadana” llegue a generar hastío.
Los dados están echados. Lo sabremos los santiaguinos en nuestro día a día y, de errar, lo cargarán las autoridades que deberán dar la cara, estén en el cargo que estén. Así como Alessandri y Orrego fueron aplaudidos en la inauguración del paseo, en algún momento habrá que evaluar lo que decidieron Mario Desbordes y Juan Carlos Muñoz.
En Londres tardaron más de 20 años en concretar la peatonalización de Oxford Street. Nadie puede asegurar que el resultado sea virtuoso, pero con el tiempo se podrá afirmar que fue una decisión participativa, respaldada por una mayoría que apostó a las mejoras con recursos públicos y privados. En Santiago, esa conversación sobre el futuro del centro sigue siendo una deuda. El debate ex post por Bandera -iniciados los trabajos- es su síntoma más visible.
