99 años de El Naturista: la vanguardia de un zanahoria-naranja
Si pienso en un sabor de la infancia, es el del jugo zanahoria-naranja de El Naturista. Si elijo un color de esa etapa, es ese naranjo opaco de la mezcla. Si recuerdo un lugar al que llegaba de la mano con mi mamá, en esos paseos imborrables por el movido centro que, en la niñez, lucía inmenso e importante, también está el local de calle Moneda 846.
Años después seguí frecuentándolo, cuando ganaba mis primeros sueldos en el extinto diario El Metropolitano (gente joven, googlear), a cuadra y media, y luego de regreso en la zona trabajando en La Nación. Recién pagada, o si quedaban lucas, ya independizada de la casa familiar, allí llegaba en busca de un plato de comida casera, ese sabor y olor únicos de preparaciones hechas en olla. Unas lentejas, un budín de zapallitos italianos, un jugo (zanahoria-naranja) no solo aplacaban el hambre, sino también la sensación de desarraigo que se tiene cuando se entra de lleno a la adultez.
En pandemia —y podría dar para tema de una sesión de terapia— también recurrí a El Naturista que, entonces, probaba sin éxito el servicio de delivery. Botellitas de jugos prensados, sopas de verduras, quequitos (húmedos) de zanahoria. Antojos a diez kilómetros de distancia del encierro en casa, tal vez nuevamente en busca de arraigo; tal vez como forma de salir de la cuadra y recuperar, de alguna manera, la ciudad confinada.
Pero detrás de este apego sentimental y estomacal —que, estoy segura, es significativo para muchos santiaguinos— hay una historia mucho más........
