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Columna de Pablo Zeballos | Cuando dejamos de mirar: los niños explotados que el mundo dejó de ver

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18.10.2026

Como investigador, he aprendido que una de las primeras formas de aproximarme a la realidad de un país está en observar aquello que las estadísticas no siempre alcanzan a mostrar. Por eso, cuando llego a un lugar donde me toca trabajar, hay algo que hago casi de manera automática. En aeropuertos, terminales de buses y pasos fronterizos suelo detenerme frente a los avisos pegados en las paredes.

Muchas veces son fotografías de personas desaparecidas. Algunas llevan meses. Otras, años. Hay hojas amarillentas, esquinas despegadas y espacios vacíos donde alguna vez hubo una fotografía que el tiempo terminó arrancando de la pared. Uno termina acostumbrándose a ver esos carteles, pero hay algo a lo que todavía no logro acostumbrarme. Los rostros de los niños.

Fotografías escolares muy serias o con sonrisas inocentes, una edad escrita debajo, aquella que tenían al momento de desaparecer, y algún número de teléfono al que llamar si alguien sabe algo, porque detrás de cada una de esas imágenes hay alguien esperando. Una familia, una madre, a veces un padre o una abuela que ve pasar el tiempo y perder su fe preguntándose cuánto habrá crecido ese niño o cómo se verá ahora, aunque para ellos, en sus recuerdos, seguirá teniendo la edad de esa fotografía.

Hace poco, mientras caminaba de noche en una localidad de Centroamérica, se me acercó un niño que no tendría más de cinco años para ofrecerme algo que vendía. Había en su mirada una seriedad extraña para su edad. Caminaba entre desconocidos, vehículos y adultos bebiendo, con la seguridad de alguien que sabe  perfectamente lo que debe hacer. Parecía tener una tarea y sabía que debía cumplirla: regresar con dinero.

Lo saludé e intenté conversar con él. Por un instante pareció interesado, pero repentinamente algo cambió. Miró asustado a su alrededor, como si hubiera visto algo que yo no alcancé a percibir. Cuando volvió a mirarme, su expresión era distinta. Me preguntó con una mezcla de urgencia e indiferencia si iba a comprarle o no y se marchó.

Nunca supe qué había visto ni qué provocó aquel cambio. Tampoco sé si regresaba con el dinero a su casa o si debía rendir cuentas a alguien que lo esperaba en otra parte. Lo que quedó grabado en mí fue la naturalidad con que hasta entonces se había movido en ese entorno y la rapidez con que apareció el miedo. Después pensé en cuánto puede aprender un niño a convivir con situaciones que nosotros consideramos peligrosas y que, para él, quizás forman parte de su rutina.

La normalización puede comenzar mucho antes de que seamos capaces de reconocer un delito, pero También hay que ser cuidadosos. Un niño que vende algo en una calle no es necesariamente víctima de trata y la pobreza no puede convertirse........

© The Clinic