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Cuando la oposición se equivoca de adversario, por Luis Ernesto Aparicio M.

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Cuando la oposición se equivoca de adversario, por Luis Ernesto Aparicio M.

A propósito de algunas declaraciones recientes de representantes opositores frente a quienes hoy gobiernan en Venezuela y hacia otros opositores, y a la luz de experiencias vividas no solo en nuestro país sino también en otras partes del mundo, me he animado a escribir estas líneas desde la experiencia personal y desde la observación de procesos políticos similares.

En muchos lugares donde la democracia ha sido debilitada o secuestrada por proyectos autoritarios, como Venezuela, los sectores opositores –con ideologías distintas, visiones del mundo diferentes e incluso profundas discrepancias estratégicas– han terminado encontrando puntos de coincidencia que les permitieron establecer objetivos comunes para recuperarla.

El primer obstáculo que suele aparecer en esos procesos es el uso constante de adjetivos descalificadores entre quienes deberían estar del mismo lado del objetivo democrático. Ese lenguaje, lejos de acercar posiciones, ensancha las brechas hasta hacerlas irreparables.

El simple hecho de afirmar, como se ha escuchado recientemente en programas de redes sociales, que existe una «oposición verdadera» y otra “oposición falsa”, es ya una señal preocupante de cuánto se ha olvidado la experiencia política acumulada por la oposición venezolana desde los tiempos en que se intentó construir un espacio común a través de la Mesa de la Unidad Democrática.

Expresiones como «estar del lado correcto de la historia», «nosotros somos los verdaderos», «aquellos son los falsos», o el uso reiterado de calificativos como «alacranes», no solo alimentan la división. También terminan fortaleciendo a quienes detentan el poder, e incluso alejan la posibilidad de entrar en una fase de entendimiento que abra el camino a una transición.

Expresiones como «estar del lado correcto de la historia», «nosotros somos los verdaderos», «aquellos son los falsos», o el uso reiterado de calificativos como «alacranes», no solo alimentan la división. También terminan fortaleciendo a quienes detentan el poder, e incluso alejan la posibilidad de entrar en una fase de entendimiento que abra el camino a una transición.

Además, contribuyen a reforzar un viejo imaginario del folclore político venezolano según el cual los políticos son responsables de todos los males del país y, por lo tanto, lo mejor sería prescindir de ellos. Paradójicamente, ese tipo de discurso termina debilitando aún más a quienes deberían representar la alternativa democrática.

En lo personal, creo que quienes recurren con frecuencia a ese tipo de descalificaciones no han terminado de comprender algo fundamental: si el objetivo real es la recuperación de la democracia, entonces el punto de partida debería ser identificar los valores básicos que esa democracia representa y que, en principio, comparten todos los que se consideran opositores al autoritarismo.

Si una persona o un grupo político cree en principios como las libertades públicas, el voto como mecanismo de cambio, la participación política abierta y el respeto a los derechos ciudadanos, entonces ya existe un terreno común desde el cual comenzar a construir entendimientos.

No se trata de eliminar las diferencias ideológicas ni de imponer un pensamiento único –algo que, por cierto, sí forma parte de la lógica del autoritarismo–. Se trata más bien de comprender que las democracias se construyen precisamente a partir de la convivencia entre visiones distintas.

Por eso, más que insistir en las etiquetas que separan, tal vez el desafío sea encontrar las fórmulas que permitan reducir el sectarismo y contener el personalismo que tantas veces ha fracturado los esfuerzos opositores.

La historia política reciente demuestra que los autoritarismos suelen sobrevivir menos por su fortaleza interna que por las divisiones de quienes intentan enfrentarlos.

La historia política reciente demuestra que los autoritarismos suelen sobrevivir menos por su fortaleza interna que por las divisiones de quienes intentan enfrentarlos.

Y si ese es el caso, tal vez la tarea más urgente no sea seguir buscando quién es el opositor más puro o legítimo, sino reconstruir un mínimo espacio de conversación que permita coordinar estrategias y objetivos comunes.

Tal vez la pregunta que debería hacerse hoy la oposición venezolana no es quién tiene más razón, sino quién está dispuesto a escuchar al otro para construir una estrategia común. Porque las democracias se recuperan con acuerdos imperfectos, no con purezas ideológicas.

*Lea también: Los años salvajes del populismo (de izquierda), por Alberto Ruiz-Méndez

En ese camino también será necesario apartar las diferencias personales, los resentimientos acumulados e incluso el odio que la propia confrontación política ha ido sembrando con el paso de los años. Las disputas individuales, las heridas del pasado o las rivalidades entre liderazgos no pueden seguir imponiéndose sobre un objetivo mayor que debería ser compartido: la recuperación de la democracia y de las libertades para todos los venezolanos.

Así entonces, habría que entender, al final, que derrotar al autoritarismo no es solo un problema de liderazgo. Es, sobre todo, un problema de entendimiento político.

Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo.

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