Trump y la política de balas
La frase no admite matices: “los encontraremos y los mataremos”. No es un desliz, ni una metáfora mal calibrada. Es la síntesis de una lógica que, cuando se instala en la política pública, termina por desbordar sus propios cauces. Donald Trump ha firmado una nueva Estrategia Nacional contra el Terrorismo donde coloca a los cárteles del narcotráfico en la misma categoría operativa que las amenazas globales más letales. El mensaje es claro, brutal y deliberadamente estridente: Estados Unidos está dispuesto a cruzar líneas que antes simulaba respetar.
El documento no sólo redefine prioridades; reconfigura el lenguaje. Y en política, el lenguaje es acción anticipada. Equiparar a los cárteles con organizaciones terroristas abre la puerta a un abanico de herramientas que no se limitan a la cooperación judicial o al intercambio de inteligencia. Hablamos de operaciones extraterritoriales, de intervenciones quirúrgicas —o lo que se quiera vender como tales—, de un uso de la fuerza que históricamente ha dejado cicatrices profundas en regiones enteras. La retórica de “cazar y eliminar” no es retórica cuando viene acompañada de doctrina, presupuesto y voluntad política.
El problema no es negar la gravedad del narcotráfico. Sería absurdo. Los cárteles han demostrado una capacidad de violencia, penetración institucional y expansión económica que rebasa fronteras. Han envenenado comunidades, corrompido autoridades y sembrado terror. Pero convertir el combate al narco en una cruzada militar con tintes de guerra global es otra cosa. Es una simplificación peligrosa que reduce un fenómeno complejo a una narrativa de buenos contra malos, de héroes y objetivos a neutralizar. Y esa narrativa, cuando se traduce en acción, suele ignorar los daños colaterales, los vacíos legales y las consecuencias........
