La aristocracia de los imbéciles
La aristocracia de los imbéciles
La vulgaridad no consiste en llevar una camisa barata. Consiste en necesitar que los demás sepan cuánto ha costado.
Hay imbéciles que se visten muy bien. Y hay hombres extraordinarios que se visten como si su madre todavía les comprara los pantalones. La elegancia, por desgracia para los primeros, no siempre viene incluida en el precio de la americana. Y la inteligencia, por fortuna para los segundos, no necesita pasar por el probador.
Vivimos en una época en la que cualquiera puede comprarse la apariencia de alguien interesante. Basta una tarjeta de crédito, un buen sastre y cierta habilidad para pronunciar nombres franceses sin conocer su significado. Lo difícil sigue siendo tener algo que decir después de quitarse la chaqueta. Madrid está lleno de hombres que parecen recién salidos de una campaña publicitaria y que, al abrir la boca, convierten el silencio en una virtud aristocrática. La vulgaridad se ha sofisticado tanto que ahora lleva gemelos, bebe champán y presume de conocer a gente a la que, probablemente, esa misma gente no conoce.
El otro día, Ángel me enseñó unas fotografías suyas vestido de luces. Y pensé que hay prendas que no admiten impostores. Un traje de luces solo puede llevarlo un torero. No basta con enfundárselo. Hay que haber tenido el valor de ponerse delante de un toro. El hábito no hace al monje, dicen. Yo ya no estoy tan segura. Hay hábitos que obligan a estar a su altura. Una sotana, una toga, un traje de luces. Aunque también conozco a demasiados imbéciles que se ponen una americana y se creen caballeros. Quizá la diferencia esté en que algunas prendas exigen demostrar lo que uno es y otras permiten disimular lo........
