El desgastado no a la guerra
Sánchez en su declaración en Moncloa de "no a la guerra". / Levante-EMV
Que Pedro Sánchez haya rescatado un lema de hace más de veinte años apunta al erosionado relato de la Moncloa. Es evidente que moviliza a ese abstencionista activo harto de Ábalos, Cerdán y Koldo, y también a quien se siente huérfano de una izquierda woke más pendiente de las identidades que de las urgencias. Pero, además de no ser suficiente para rebasar el bloque de derechas, ese “no a la guerra” ya no significa lo mismo que a comienzos de siglo.
Habría sido más claro un “no a Trump”. Después de la invasión rusa de Ucrania, el pacifismo ha perdido fuelle en Europa. Tanto, que incluso Los Verdes alemanes, herederos pragmáticos del Mayo del 68, se apuntan a reabrir el debate sobre la obligatoriedad del servicio militar.
A la crueldad de Putin y a la de Netanyahu se suma la temeridad de Trump. Un trío que vacía de contenido buena parte de la legalidad internacional surgida tras la Segunda Guerra Mundial. Es obvio que el presidente de Estados Unidos ha hecho saltar por los aires equilibrios diplomáticos que garantizaban cierta normalidad global. Pero eso, unido a la maquinaria militar de nueva generación ensayada en territorio ucraniano, exige un argumentario que no se resuma en cuatro palabras.
Muchos de aquellos manifestantes de izquierdas que llenaban las calles contra Aznar —por la foto de las Azores que unió a España a la invasión de Irak— hoy están tan acobardados que temen incluso viajar a Nueva York. Perciben que la era Trump, además de romper el admirado sueño americano, amenaza con convertir en pesadilla la estabilidad europea al alimentar a los extremismos en las democracias del continente. Mientras, los nacidos con el siglo se lo toman como si fuera una partida de Fortnite o Warzone y solo levantan la vista de la pantalla ante una posible cancelación de sus vuelos a Asia.
Que Trump está proporcionando a Sánchez vitaminas diarias es incuestionable. También lo es que la geopolítica actual está muy lejos de 2003. Así que los gurús de la Moncloa han desperdiciado otra ocasión para vestir al presidente con ese perfil de estadista al que aspira y han reforzado a los fieles, pero poco más.
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