Evoé
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En su libro El mundo del ayer, Stefan Zweig cuenta que a los trece años se contagió con “la infección intelectual literaria”, y fue perdiendo interés en los deportes. Dice que a los dieciocho años no había aprendido a nadar, ni a jugar al tenis, ni a conducir un automóvil. “Ni siquiera ahora, en 1941, sé muy bien cuál es la diferencia entre beisbol y futbol, entre hockey y polo, y las páginas de deportes de los periódicos, con su lenguaje criptográfico, se me antojan escritas en chino”.
Luego cita una anécdota: “El shah de Persia, quien, cuando lo querían animar a que asistiese a un derbi, manifestó, con sabiduría oriental: ¿Para qué? Ya sé que un caballo puede correr más que otro. Me es del todo indiferente cuál.”
Bien se entiende lo que quiere decir Zweig sobre las páginas deportivas, pero no encaja su comparación con el chino, pues en el lenguaje de los deportes lo críptico no son los signos, sino los conceptos. En perfecto alemán se escriben cosas incomprensibles para quien no se relaciona con los deportes, tal como Hegel escribe en terrible alemán lo inentendible.
No recuerdo en qué novela se habla de este experimento: a gente que nada sabe de futbol se le pone a escuchar la grabación magnetofónica de varios partidos. No llegan a entender qué está ocurriendo ni por qué la voz se trastorna para gritar “¡gol”. Al final los llevan a un campo de futbol y les piden que jueguen.
Fue cómico verlos en sus trajes de montañeses practicando un rudimentario rugby sin siquiera saber dónde estaba la meta. Cuando derribaban a un contrario, gritaban “¡gol!”. Luego........
