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Arte latino en tiempos de Trump, efectos colaterales

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13.04.2026

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El ruido de patrullas y el sobrevuelo de un helicóptero en el centro de Los Ángeles, el día en que inauguraba su mural Donde piso, crecen cosas (Where I step, things grow), redoblaron el miedo que tenía la artista mexicana residente en Estados Unidos, Liz Hernández (Ciudad de México, 1993), desde el momento en que el Institute of Contemporary Art le propuso crear una obra mural que hablara de cómo se siente un migrante en California en este momento.

La propuesta se la hicieron unos días después de que la Guardia Nacional entrara a la ciudad por órdenes del presidente Donald Trump; Liz les respondió que iba a pensarlo. Su familia en México le sugirió no hacerlo; su esposo, en Estados Unidos, pensaba que no era el momento; los amigos tenían opiniones divididas. Finalmente, decidió que lo tenía que hacer y optó por una pieza que, entre líneas y con más poesía que denuncia, expresara sus sentimientos: “Pensé: ‘el que ponga atención lo va a entender; además, estará en español, ¿quién se va a poner a traducir?’”, dice la joven en videollamada desde Los Ángeles, adonde llegó a estudiar hacia 2011, con una visa que antes era posible obtener a través del nafta, y que luego pudo dejar para dedicarse a trabajar.

El miedo era impensable para Liz hace un año; por primera vez le pasó por la cabeza ocultar su arte de alguna forma. La práctica histórica del Institute of Contemporary Art ha sido la de mostrar las voces diversas que existen en Los Ángeles; a su vez, Liz es autora de una obra que, a través de la escultura, el textil y la pintura, revisa ciertas narrativas. Es un tema delicado, por decir lo menos, en un momento y en un país donde el gobierno actual busca exactamente eso: cambiar la narrativa de una nación diversa.

La experiencia de Liz Hernández ilustra una de las realidades que viven artistas de México y de América Latina en Estados Unidos. Sus vivencias son diferentes de acuerdo con su estatus migratorio, que los pone a pensar si pueden o no hacer una obra, expresar libremente sus ideas o guardárselas, aparecer menos en público o llegar a autocensurarse.

En este artículo, las historias y opiniones de artistas y académicos latinos de distintas generaciones –y desde diversas geografías de Estados Unidos– arrojan luz sobre los desafíos que están enfrentando ellos mismos, así como algunos museos e instituciones culturales en la actual administración de Trump. Un ambiente marcado por recortes presupuestales e intentos de ejercer el control sobre la gestión y programación de contenidos en museos, en donde temas sobre diversidad, inclusión y minorías, entre ellas la latinoamericana, han sido blanco de distintos cuestionamientos.

Esto no significa que no haya habido importantes citas con el arte latinoamericano en el inicio del segundo mandato de Trump; por ejemplo, el MoMA dedicó una antológica, nunca antes vista en ese país, al pintor cubano Wifredo Lam; el lacma hizo lo propio con la venezolana Magdalena Suárez; el Met renovó sus salas de arte antiguo de América bajo un concepto que incluyó nuevos estudios de, entre otros, investigadores latinoamericanos; el Museo de Historia de Chicago exhibe Aquí en Chicago, una muestra dedicada a los más de ciento setenta años de historia de los latinos en esa ciudad. Más allá de las grandes instituciones, en galerías, universidades y espacios autogestionados se siguen programando proyectos de creadores latinos con ciudadanía, residencia, becas o cartas de invitación.

Un portazo a los museos

Aun así, es imposible no ver el asedio que han enfrentado los espacios culturales. Uno de los primeros actos de Donald Trump contra la cultura al llegar a la Casa Blanca fue la toma de control de uno de los recintos dedicados a las artes escénicas, el Kennedy Center, donde se autonombró presidente del consejo de administración, tras despedir a quienes lo integraban.

Luego vinieron órdenes ejecutivas con recortes presupuestales que golpearon al Instituto de Servicios de Museos y Bibliotecas (imls) y otras que pusieron bajo escrutinio las colecciones y contenidos del Instituto Smithsonian, organización que administra los principales museos públicos del país. En agosto, la Casa Blanca insistió en una “revisión interna exhaustiva” en ocho de los espacios del Smithsonian; en sus redes sociales, el propio Trump dijo que esos museos eran el último segmento woke que quedaba y que la institución estaba “fuera de control” por resaltar solo lo negativo del país, como la esclavitud. Para justificar esa intervención, en un boletín oficial, la Casa Blanca enlistó algunas de las obras de arte, exposiciones y programas centrados en temas como racismo, esclavitud, inmigración y diversidad sexual. En esa lista aparecieron nombres de artistas latinos, algunos mexicanos, como Rigoberto González y Hugo Crosthwaite.

Es una “cruzada antiintelectual”, como la define el artista Rubén Ortiz Torres (Ciudad de México, 1964) –donde el conflicto Israel-Gaza ocupa un lugar muy importante–, que ha puesto a los museos e instituciones académicas bajo presión.

Un informe publicado por la Alianza Americana de Museos (AAM),........

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