Por qué Cepeda perderá las elecciones
Niels Bohr, el célebre físico danés que desarrolló la física cuántica, decía que podía predecir con certeza la posición exacta de todas las estrellas en el firmamento a las 11:30 pm de esa noche, pero que no podía saber a qué horas llegaría a casa su hija adolescente.
Sin embargo, es relativamente fácil saber que Iván Cepeda perderá con Paloma Valencia las elecciones presidenciales de 2026.
Actualmente las probabilidades en el mercado de apuestas en plataformas como Polymarket están iguales entre los dos. Es decir, la definición del presidente de Colombia está sujeta al lanzamiento de una moneda. Fifty, fifty.
Es como si, en el mejor momento de ambos equipos, el Real Madrid y el Barza salieran a jugar. Cualquiera podría ganar. Cada minuto de juego cuenta. Toda oportunidad perdida es una pequeña tragedia; cualquier error, una falta irremediable. Se puede meter un gol en el último minuto. O se puede ir a penaltis y ganar así se haya jugado mal. Habrá jugadores expulsados o lesionados, un resbalón puede acabar en un tiro de esquina, o, simplemente, si el balón rebotó a un lado o al otro del palo se puede cantar victoria o llorar la derrota.
Lo mismo pasa con las campañas políticas: hay que desarrollarlas para ver quien las gana.
Dicho lo anterior, igual, Cepeda muy probablemente perderá las elecciones. O, como dicen los economistas para evitar las vicisitudes del azar: las perderá si todo lo demás sigue igual.
Para saberlo no hay que tirar el Tarot sino tirar los números.
Primera iteración: el censo electoral y la posibilidad de ganar en primera vuelta. El Santo Grial del petrismo es que Iván barra y defina el partido en el primer tiempo. Esto ahorra disquisiciones e incomodas incertidumbres. El mandato sería claro. El gobierno del cambio reivindicaría su narrativa: cumplió, y la prueba es su reelección en cuerpo ajeno. Aunque algunas encuestas con metodologías dudosas lo vislumbran los números no dan. El censo electoral cuenta con 41.2 millones de votantes habilitados. En primera vuelta vota el 55% del censo, lo que vendrían a ser 22.7 millones. La mitad de ellos son unos 11.4 millones. El voto duro de la izquierda, a toda marcha, obtuvo 4.4 millones de sufragios para el senado, lo que les dio 26 curules. ¿De dónde van a salir los otros 6 millones de votos que faltan para ganar en primera vuelta? No de un sombrero, como los conejos del mago. Suponiendo inclusive que todos los votos verdes, indígenas y progres –que llegan a un poco más de 2 millones– su sumen, la cifra total llega a los 6 o 7 millones de votos, que son los que Cepeda y la izquierda tienen en el bolsillo. Los cuales, valga decir, son el mismo 34% que las encuestas más serias dicen que tiene. Pero no tiene más. Los que piensan que Cepeda puede ganar en primera vuelta se engañan.
Segunda iteración: la fuerza de la derecha es más grande, pero está dividida (por ahora). Hay tres tipos de derecha: la dura, la media y la blanda. Empecemos por la primera, que puede ser el 10% del electorado, o sea unos 2 millones de personas. En la elección parlamentaria estos dividieron sus lealtades entre el Movimiento de Salvación Nacional, el brazo político del Tigre, que obtuvo casi 700 mil votos y el Centro Democrático. Estos últimos tuvieron casi 3 millones de votos para el Senado. Es lo que se podría llamar la derecha media. Y la blanda, para ponerle un nombre, suma por lo menos otros 300 mil votos de partidos como Creemos o la lista de Oviedo. Es decir, en total, mal contados, 4 millones de votos. Ese es el case de la derecha, que acaba siendo muy cercano a lo que tiene el Pacto Histórico.
La Gran Consulta obtuvo la significativa suma de 5.8 millones de votos, casi lo mismo que la totalidad de los votos fijos de la izquierda. Paloma sacó 3.3 millones de votos, más que el Centro Democrático, y lejos del potencial completo de la derecha porque los duros se abstuvieron de marcar la consulta. Oviedo, como se sabe, obtuvo 1.2 millones de votos. La inclusión de este último en la fórmula presidencial asegura que una parte importante de este apoyo se le endose a la candidata.
Faltan los partidos tradicionales y clientelistas, como el Liberal y el Conservador. Hasta ahora miraban los toros desde la barrera, esperando a cotizarse frente a los postores. Su fuerza política, aunque muy disminuida, sigue siendo importante. Entre los cuatro principales suman casi 7 millones de votos. Hace cuatro años el salto que dio Petro de 4.5 a 8.5 millones de votos entre su consulta y la primera vuelta se debió al apoyo de estas agrupaciones orquestado por Roy y Cía. Antes del 8 de marzo se estaban deslizando hacía De la Espriella, pero esa dinámica paró. Los veremos subiéndose a la Palometa en los próximos días, cuando las encuestas reflejen el crecimiento de la candidatura. Si esto se materializa Paloma llegará muy fortalecida a la primera vuelta.
Tercera iteración: la desinflada del Tigre y el limbo verde. El rugido del Tigre se acaba cuando Paloma se le acerque a tiro de pichón en las encuestas. Lo que la candidata está demostrando es que tiene una gran capacidad de ampliar su espectro de apoyo. Con la ayuda de Oviedo y de los otros miembros de la consulta se puede fagocitar una parte del centro verde que no está del todo convencida de progresismo petrista. Y, con la ayuda incondicional de Uribe, puede mantener a raya el crecimiento de Abelardo. Al fin y cabo es difícil ser más uribista que el papá del uribismo. No es del todo improbable que, llegando la primera vuelta, el Tigre solo cuente en su haber con los dos millones de votos de la derecha pura y dura.
¿Por qué pierde Cepeda? Porque se quedará, por designio, aislado en la izquierda. Algo parecido a lo que le ocurrió a Petro en el 2018. Su estrategia de caminar agarrado de las enaguas del presidente es un error. Ninguna encuesta muestra a Petro con una favorabilidad superior al 50%. Por definición, el endoso de votos tiene una merma grande y, en este caso, ni siquiera trasladando la totalidad de apoyo se logran los resultados. Lejos de salir a ampliar su base, Cepeda quiere reforzarla. Por eso escoge a una vicepresidente que no le suma un voto adicional. Aida Quilcué les parecerá un sortilegio semiótico a los camaradas del Parkway, pero el mensaje no se le transmite a la ama de casa en Mazurén que está preocupada por la inflación. A punta de resentimiento, lucha de clases y retórica ancestral no logran las mayorías.
Decíamos que Cepeda debía conseguir 4 o 5 millones de votos adicionales para ganar (en segunda vuelta necesita inclusive un poco más). No se ven por ningún lado. Y no se tiene ni la capacidad ni la voluntad para conseguirlos. En Chile pasó algo parecido. La candidata comunista –que era la del gobierno– se embolsilló el primer tiquete a la segunda vuelta y su contrincante, que para Chile es un derechista moderado, empujó más a la derecha a Kaiser, su rival ideológico, mientras se tiró a recoger los votos del centro espantados con la posibilidad de que un soviet se instalara en el Palacio de la Moneda.
Así fue como José Antonio Kast ganó la presidencia en Chile y será la forma como Paloma la ganará en Colombia.
