Un Chocó en ruinas por el terremoto medirá la reconstrucción de De la Espriella
Quibdó es un laberinto húmedo de hojas, tierra, asfalto y madera en el que una catástrofe parece siempre a punto de ocurrir: los carros están a centímetros de arrollar a las motos, las estructuras de las casas pueden hundirse en el abismo, la lluvia es un rugido destellante que amenaza con arrasar a la ciudad. En sus laderas, sus habitantes están frente a sus casas o sus negocios –panaderías, heladerías, peluquerías, montallantas– mirando hacia la calle por la que bajan viejos buses destartalados que pasan por el centro, una planicie que da a un malecón frente al río Atrato donde un atardecer puede ser el más bello de Colombia.
Del aeropuerto al centro de Quibdó no existen grandes rastros sobre el terremoto del 10 de agosto, salvo los letreros en aerosol, rojos o negros, que marcan como “No habitable” muchas de las casas en las laderas. O los grupos de voluntarios uniformados con camisas blancas de alguna fundación que pasean por el parque principal luego de una nueva jornada de caridad. Las adolescentes graban vídeos para redes sociales, los hombres fuman cigarrillos ofreciendo servicios de lancha por el río, y las calles están abarrotadas de negros, indígenas y mestizos haciendo sus vidas en un lugar de vidas díficiles.
El cielo de Quibdó justo antes de una tormenta. Foto: Santiago González Muñoz
El malecón de Quibdó. Foto: Santiago González Muñoz
Un atardecer en el parque principal de Quibdó. Foto: Santiago González Muñoz
Para encontrar la devastación hay que ir a los barrios de las laderas inestables donde han construido sus casas las personas más pobres del departamento más pobre de Colombia. El terremoto ocasionó 13 muertos, 22.464 personas damnificadas y cerca de 4.000 casas destruidas, según la Gobernación del Chocó.
La Silla viajó durante tres días a Quibdó y a San Rafael El Dos, un caserío a hora y media de la ciudad, para conocer cómo arranca el proceso de reconstrucción por el que será evaluado el gobierno del presidente Abelardo De La Espriella.
En las catástrofes, el tiempo se comprime y logra acumular una serie de sucesos que nadie logra entender cómo pudieron encadenarse. Uno detrás de otro. Marisol Córdoba, una negra alta de mirada confiada, se levantó a las 6:30 del 10 agosto porque su hermana mayor, Zulma, necesitaba una bolsa para viajar de Quibdó a Vigía del Fuerte a visitar a su familia. “¡Mari, Mari!”, le gritaban desde afuera.
Marisol Córdoba en las ruinas del barrio El Futuro. Foto: Santiago González Muñoz
Marisol Córdoba frente a su casa destruida. Foto: Santiago González Muñoz
Luego no logró conciliar el sueño, intentó sin éxito despertar a su esposo para que le llevara un megáfono a una hermana de su iglesia, la Petencostal Unida de Colombia, y prefirió aprovechar el tiempo para adorar a Dios. Cerca de las 7:30, volvió a la cama matrimonial, abrazó a su esposo y se empezó a molestar porque los gatos estaban de nuevo jugando en los techos de zinc de su casa.
—No son los gatos. Está temblando negra, le dijo su esposo.
Unos días atrás, Marisol había tenido un sueño en el que sus hermanas estaban corriendo en diferentes direcciones sobre la montaña en la que queda el barrio El Futuro, un asentamiento irregular de 23 familias, la mayoría desplazadas por la violencia, que empezó a construirse hace unos 12 años en el norte de Quibdó al borde de una carretera.
En el sueño había pisos quebrados, casas destruidas, personas muertas.
Marisol abrazó a su hijo de un año y su esposo logró sacar a su hija mayor, de 10, mientras la tierra se sacudía. En ese momento sólo podía pensar en su padre, un viejo de 91 años que cuida de una hermana incapacitada, quien vivía en una casa de madera al lado de la........
