Las memorias de Miguel León Portilla
En mi visita a la Feria del Libro de Minería compré varios libros nuevos y viejos que me alegraron el fin de semana.
Uno de ellos es el bonito volumen de las memorias de Don Miguel León Portilla, que lleva el título de Soy mi memoria y que fue publicado por El Colegio Nacional, la UNAM, la Universidad Iberoamericana, la Academia Mexicana de la Lengua y la Academia Mexicana de Historia. La colaboración de tantos coeditores nos da una idea de la importancia que tuvo León Portilla en todas esas instituciones. El libro está muy bien impreso y, al final, tiene una abundante sección de fotografías. Ayuda mucho que tenga un índice onomástico y uno de obras, lo que hace que su consulta sea más sencilla.
El libro es muy sabroso, como lo era la conversación de León Portilla. Cuando uno lee sus páginas se queda con la impresión de estar escuchando al maestro, siempre tan inteligente, simpático, ocurrente.
El libro está repleto de anécdotas muy interesantes y simpáticas. Hay algunas que incluso podrían calificarse, sin malicia alguna, como chismes. Uno de ellos, por ejemplo, es el que cuenta don Miguel del eminente antropólogo Miguel Gamio, que también era su tío, esposo de su tía Margarita León Ortiz. Cuenta León Portilla que Gamio aprendió el náhuatl de joven, en la finca de su padre, cerca de Zongolica. Lo cito: “Hombre joven, Gamio tenía necesidad de ‘esparcimiento’, que así llamaré a lo que buscaba. Caminando muchas veces en medio del bosque se encontraba con mujeres indígenas, algunas de ellas muy bonitas. Practicaba entonces su náhuatl, pero con otros fines. Me decía él que se dirigía a una joven indígena preguntándole ‘¡Ticochiz nequi?’, que significa ‘¿Quieres acostarte?’. Las jóvenes indígenas casi siempre sonreían y, contemplando lo bien parecido que era, algunas aceptaban”.
Don Miguel León Portilla también nos ofrece en sus memorias su versión del escándalo que hubo en torno al V centenario del descubrimiento de América. Nos cuenta que el presidente Miguel de la Madrid le pidió que fuera el coordinador, por la parte mexicana, de las actividades que estaban siendo promovidas por el gobierno de Felipe González. León Portilla aceptó el encargo, pero le puntualizó dos cosas al presidente. Lo primero era que la efeméride debía abordarse como una conmemoración y no como una celebración. La segunda era que el acontecimiento no debía describirse como un “descubrimiento”, sino como un “encuentro” entre dos mundos. El presidente De la Madrid estuvo de acuerdo.
Lo que no anticipó León Portilla fue la furiosa reacción de Edmundo O’Gorman, que publicó una serie de artículos en La Jornada criticando el concepto de “encuentro de dos mundos”. Lo que sucedió fue un encontronazo entre O’Gorman y León Portilla que culminó con la renuncia del primero a la Academia Mexicana de la Historia.
La bronca es entre ellos
