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Posteguillo se ha jugado el Cervantes

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02.03.2026

Ni el premio Cervantes ni el Nacional de las Letras Españolas ni el Nacional de Literatura. Ni siquiera, por supuesto, ese que se acaba de sacar de la manga AENA con el dinero de nuestros impuestos. Santiago Posteguillo debe ser cancelado por las fuerzas progresistas de nuestro país tras haberse atrevido a convertir al infame eunuco Potino, el que decapitó a Pompeyo en una de las traiciones más miserables de las que hay noticia, en un trasunto de nuestro glorioso presidente del Gobierno. Sí, lo ha hecho en su última novela histórica, «Los tres mundos», en un capítulo titulado «la crecida del Nilo», que es un remedo nada disimulado de las recientes inundaciones de Valencia. En el texto, Potino, al que la historia retrata como un cínico e inmoral ministro de los Ptolomeo, conspirador irredento contra sus señoritos, en especial, contra la gentil Cleopatra; enemigo de la verdad y que actuaba sólo movido por las ansias de poder, en definitiva, un bicho de la peor calaña, se niega a enviar el auxilio de los legionarios romanos y de la flota a las víctimas de la riada que asola Alejandría, y condensa su estrategia política en una frase, «si quieren ayuda que la pidan», como toda respuestas a los consejeros y funcionarios que le piden actuar para salvar a esos desgraciados que se ahogan. Y, hay más. Mucho más y muy vergonzante. Posteguillo hace que el infame eunuco, que se acerca a la zona cero de la tragedia siguiendo a la comitiva de Cleopatra, huya corriendo sobre el barro, protegido por su guardia, de unos ciudadanos sobrepasados por la tragedia, hundidos en el dolor, que muestran su rabia contra el primer ministro, mientras la gentil cleopatra, sin escolta, se acerca al pueblo doliente, aguanta estoicamente las muestras de enfado y dolor de las víctimas y, al final, trasmite consuelo, empatía y solidaridad a sus súbditos. Si esto no es la infame conseja de los fachas sobre «el galgo de Paiporta» es que uno ya no sabe leer entre líneas, y eso que empezó su carrera periodística en el franquismo. Cualquier admirador de nuestro señorito, no importa su condición de cargo político, votante socialista o simple devoto de la España progresista que él encarna, debe rechazar al cruel Posteguillo y demostrar cuánto dolor lleva a los corazones de las buenas gentes sanchistas, las que siempre están en lado bueno de la historia, luchando por los desfavorecidos de la tierra. Y que no me vengan con que sus novelas se leen de un tirón, están muy bien documentadas, mejor escritas y, sobre todo, son capaces de mantener la tensión argumental con unas historias que la mayoría de los lectores hemos estudiado en el bachillerato y nos sabemos el final. Porque la ofensa al señorito es imperdonable, por más que también se haya metido con Mazón, retratado como el sumo sacerdote de Ptah, que duerme plácido la resaca mientras el río se desborda. Más aún, cuando nuestro señorito se encuentra en plena batalla contra el mal, luchando por el respeto al derecho internacional y en un dificilísimo ejercicio de equidistancia entre Trump y los descarriados iraníes, que honora toda una trayectoria política. Compararle con el infame eunuco Potino, traer a colación el bulo ultraderechista del «galgo de Paiporta» con todo lo que el señorito hace por nosotros y por el mundo, es tremendo. Incalificable.


© La Razón