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¡Abrazos! No balazos, prometía el cínico…

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25.02.2026

No es que uno sea muy fan de Bukele, pero tendremos que reconocerle alguna autoridad en la lucha contra el crimen organizado, por más que sus métodos repugnen a quienes creemos en la servidumbre ante la ley por encima de todo. El caso es que el presidente salvadoreño, en referencia al narco mexicano, ha afirmado que «si un Estado no vence a la criminalidad, es porque el Estado es cómplice», diagnóstico que, con todos los matices que se quiera, se ajusta bastante a la situación mexicana, donde el narcotráfico está tan imbricado social y políticamente que se hace muy cuesta arriba creer en la inocencia de muchos de los que detentan el poder. Eso sí, desde Felipe Calderón, en 2006, hasta la llegada del viejo comunista Andrés Manuel López Obrador (AMLO), en diciembre de 2018, los distintos gobiernos mexicanos libraron la guerra contra el narco, con centenares de miles de muertes y decenas de miles de desaparecidos, en una batalla lastrada por la corrupción y saturada de horrores por la violencia casi nihilista de los cárteles, pero que, poco a poco, iba haciendo la vida difícil a los capos. Entonces llegó AMLO, con aires de revolucionario senil, pero un cínico de tomo y lomo, adalid de una izquierda sobrada que se cree por encima del bien y el mal, con su grito de «¡Abrazos! No balazos», en un intento patético de llegar a acuerdos de pacificación con unos delincuentes que no tienen el menor inconveniente en destripar niños. El primer envite, con la detención del hijo del «Chapo Guzmán» en Culiacán, lo perdió la sociedad mexicana, cuando AMLO, ante la toma de la población por el ejército de sicarios, se arrugó y ordenó que le pusieran en libertad. A partir de ahí, la cosa fue a peor, pero no para el narco, que consiguió reponerse y, como en el caso del Cártel Jalisco Nueva Generación, del recién fallecido Mencho, extenderse a modo de franquicia por casi todo México y por medio mundo, y el número de asesinatos y desaparecidos fue batiendo marcas año tras año, por encima de los 20.000 muertos anuales. Ahora sabemos que el narcotráfico, especialmente el cártel de Sinaloa, había financiado parte de la campaña electoral de López Obrador, a través de testaferros, y de otros varios candidatos parlamentarios y municipales del partido ultraizquierdista, MORENA, lo que explica su entusiasta declaración en 2020 de que la guerra del narco había terminado. Y la cosa podía haber seguido así con su sucesora, Claudia Sheinbaum, de no haber acontecido la reelección de Trump, ciertamente molesto porque el tráfico de fentanilo y otros opiáceos procedentes de México se ha cobrado la vida en 25 años de más de 860.000 norteamericanos, y la plaga, pese al uso masivo de la carísima Naxolona para revertir sobredosis, no tenía visos de remitir. Así que la presión gringa sobre el gobierno filocomunista de México no ha hecho más que crecer, con los primeros éxitos, como la muerte el domingo del principal capo aún en libertad. Ahora bien, el narco sigue siendo una fuerza formidable, crecida en las complicidades a ambos lados de la frontera de más de ocho décadas, y no va a ser fácil derrotarle, por más que se empeñe Trump. Solo la captura y la muerte del Mencho han provocado una demostración de poderío en una docena de ciudades mexicanas, con más de 60 muertos, entre agentes del orden y sicarios, además de un número indeterminado de víctimas civiles. Es lo que hay.


© La Razón