Amistad: nueva víctima de las redes desaforadas
Los griegos consideraban que la política se ejercería con armonía si los miembros de la sociedad mostraban fuertes vínculos de amistad entre ellos. Cualquiera de las tres clases de amigos, por interés, placer o aquellos virtuosos que se admiran sin plazo, contribuye a la fortaleza de lo que hoy llamaríamos tejido social. Están basadas en la comunicación personal, reposada y radican en conocimiento mutuo y confianza.
La amistad placentera entre jóvenes griegos permite aventuras, aprendizajes, sueños y amores duraderos. La de intereses compartidos ayuda a la economía, la política y también a la guerra. La de los viejos, según ellos la verdadera o virtuosa, pone sabor dulce a la última etapa vital y permite ir juntos al pasado con interés y alegría, sin frustraciones.
La amistad consiste en la elección consciente de desear el bien de otro. Toda esta construcción, que nos diferencia en el reino animal, se ha edificado durante decenas de milenios y parece estar en serio peligro de extinción. Las depredadoras: redes sociales sin rienda.
Los estudios más recientes del Pew Institute de Washington, mencionado por M. I. Ortiz en El Tiempo, muestran comportamientos sociales virtuales preocupantes, que atentan contra ese vínculo indispensable para el equilibrio humano como es la amistad.
Casi la mitad de los jóvenes que se conectan a Instagram, TikTok, YouTube y Snapchat, lo hacen permanentemente durante su vigilia y les dedican totalmente su atención. Un jurado de California acaba encontrar a estas apps culpables de producir adicción en una joven usuaria y les ordenó indemnizarla.
Los adolescentes de Facebook migran a plataformas que proporcionan información visual más agresiva: del 70% que la usaban en 2015, queda menos de la tercera parte.
Los videojuegos son la principal fuente de seguidores virtuales, al mismo nivel de las redes; en ambos casos, la interacción con esos “amigos” es artificial y sin conocimiento de quién está detrás del joystick o en la foto de la playa.
Un 30% de los usuarios virtuales entre 50 y 80 años declaran que no tienen ya amistades y que están aislados.
Desde 2006 se incrementó sustancialmente la cantidad de información privada que se comparte en redes. La foto propia en ellas subió del 70% a más del 90% de los usuarios; la mitad ha agregado su email; en el 2006 era la cuarta parte.
Todos denotan excesiva confianza en la privacidad del mundo virtual, lo cual constituye una importante raíz de abusos y delitos que en él se cometen, más cada día.
Un usuario adolescente de Facebook tiene en promedio trescientos “amigos”; de Twitter setenta. Personalmente conoce una mínima fracción de ellos y sobre sus vidas no sabe casi nada. Mientras más amigos, fantasmas, más revelan nuevas porciones de su intimidad.
Las redes, al remplazar masivamente la relación personalizada de los jóvenes, producen depresión, ansiedad, deseo permanente de competencia, acoso más frecuente y riesgos de integridad. Nadie duda que son una buena herramienta para estar, por ejemplo, en contacto con parientes que están lejos o con profesores para consultar una tarea. Ese no es el grueso de su utilización: lo es monetizar, comparar cuerpos más esbeltos o musculosos, alardear, contar la última transgresión o aventura sexual.
La amistad no exige nada del otro. Las redes arrebatan todo, sin piedad, deteriorando la salud mental joven y el equilibrio adulto, especialmente de los mayores, proyectando una sociedad futura muy sombría. Las próximas generaciones harán política sin conocer pares ni electores. Los empresarios harán negocios solamente con desconocidos. Los enforzadores de la ley no tendrán conexión con su barrio, su barra, su país o con la causa que defienden. Los viejos estarán cada vez más solos y angustiados, con mayor reato en el uso de tecnologías que avanzan tan rápido como sus limitaciones.
Sin amistad desaparecen lo social y lo racional. Solo nos quedará lo animal.
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