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Dejarse comer la tostada

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13.03.2026

A lo largo de la historia, son contadas las ocasiones que un país ha conseguido transformar de forma abrupta el régimen político de otro, e intervenirlo con éxito, según sus planes preestablecidos.

Los cambios verdaderamente perennes suelen nacer desde dentro, de forma orgánica, como fruto de la propia evolución social. Cuando una potencia extranjera intenta imponer un modelo ajeno sin comprender el contexto ni la memoria del pueblo al que interviene, el resultado casi nunca es el esperado. La historia, con innumerables ejemplos, demuestra que las transformaciones forzadas rara vez prosperan, y que solo aquello que surge de la propia sociedad termina por arraigar.

De hecho me atrevería a afirmar, y desgraciadamente creo que las enciclopedias me dan la razón, que la mayoría de intervenciones e injerencias externas, por muy loables que fueran, han terminado desatando el caos sumiendo la región en una guerra civil que, en muchos casos, ha empeorado el status quo predominante.

Es cierto que a veces, en contadas ocasiones y no es el caso, esa intervención exterior ha servido de catalizador y ha acelerado un proceso de cambio que, lejos de ser impuesto, se estaba gestando desde dentro.

Recientemente en nuestra piel de toro se han vuelto a desempolvar y sacar del cajón las viejas pancartas del «No a la guerra», reabriendo un debate tan recurrente como inquietante: la estúpida idea de que la paz, en lugar de ser un principio compartido y universal, pertenece ideológicamente a la izquierda.

Es precisamente esa supuesta superioridad moral que la izquierda ha ido asumiendo, en mi opinión más por la inacción del espacio conservador que por méritos propios, la que ha terminado por apropiarse de la idea de que solo ellos defienden la paz.

La historia parece empeñada en repetirse y vuelve a cobrar sentido aquel viejo dicho según el cual el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Da la sensación de estar atrapados en un incómodo flashback, como si hubiéramos regresado a febrero de 2003, cuando se produjeron las mayores manifestaciones de la historia de nuestra democracia bajo el lema «No a la guerra» y casi el noventa por ciento de la población se oponía a una intervención armada al margen de una resolución de Naciones Unidas. Cambien la N por la K y el escenario es inquietantemente el mismo: los mismos argumentos, los mismos actores y la misma incapacidad de aprender, veintitrés años después.

¿De verdad hay alguien en su sano juicio, y recalco lo de en su sano juicio, capaz de defender esta guerra? ¿Podemos justificar una intervención que, a todas luces, ha pasado por alto cada uno de los principios básicos del derecho internacional sólo porque nuestro adversario político oculte sus vergüenzas tras una pancarta? ¿En serio se puede ser tan torpe? ¿Otra vez?

No conozco a nadie, ni de izquierdas ni de derechas que esté a favor de esta guerra, a nadie. Si el problema es que la proclama «No a la guerra» ha sido, según parte de la opinión pública, politizada, cambiemos el eslogan y como cantaban John Lennon y Yoko Ono, démosle una oportunidad a la paz.

«No a la guerra», «Basta de guerra», «Detengan la guerra”… ¿En serio estamos en estas? ¿De verdad hemos llegado al punto en que el rechazo a la guerra necesita justificación semántica?

Otra vez más la derecha española ha vuelto a dejar que le coman la tostada.

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