El Diamante: la Málaga que llora lo que no consume
Cartel de 'El Diamante', que echa el cierre tras 77 años de desayunos / Álex Zea
Hace unos días desayunamos -nunca mejor dicho- con la noticia de que El Diamante, ese refugio sencillo en pleno centro de Málaga donde la leche con fresa sabía a nostalgia y el pitufo de salchichón no necesitaba Instagram para ser icónico, cerraba sus puertas. O, más exactamente, sus puertas operativas, porque el local podría reabrir con nuevos dueños -pero sin Francis ni Mariví tras la barra, y sin esa familiaridad que convertía cada café en un pequeño ritual diario.
No era un sitio lujoso. Ni siquiera servían el pan en un plato decente, sino en la bandejita de cartón que sostenía el pan tostado -un gesto que hoy, en la era del aguacate, los bowls de quinoa y los smoothies multicolores, resulta casi un acto de contracultura gastronómica.
Y, sin embargo, ahí estaba el templo de la leche con fresa en una calle oxigenada de guiris en un centro colapsado. Ahora, ese rincón se apaga. Y la ciudad vuelve a lamentarse. Otra vez. Con el tono de duelo solemne que usamos cuando cerramos un negocio de los de siempre.
Y ahí está el quid de la cuestión. Nos quejamos, nos lamentamos, elevamos el recuerdo a categoría de mito urbano… y acto seguido volvemos a nuestra rutina de consumo destructivo. ¿De verdad alguien se sorprende de que lugares como este........
