El punto prometeico
Cuando se sale a comer, a veces se comparte carne. «Al centro, nos la pone al centro», y es menester decidir el punto común, momento de colisión de gustos y aprensiones varias. Rige aquí, y no se podrá negar, un cierto prejuicio a favor de lo crudo, que se tiene por lo exquisito. Sucede con la sopita de yema de huevo con tropezón de patata que pasa por tortilla, y es el argumento preferido de los crudistas o amigos de lo crudo. Por eso flota sobre las mesas una ligera presión social que deja como frontera y concesión límite el grado «al punto».
No es solo que lo crudo o incluso sanguinolento pase por la forma exquisita de apreciar las cosas y asar sea un innoble churruscar, como cuando Ussía escribía que un hombre educado no podía mostrar su entusiasmo ante un langostino; sucede también que se tiene por poco masculino devolver la carne para que le den calor. Una mujer, bueno, pase, pero un hombre con esos escrúpulos… sus iguales lo mirarán con sorna («el delicao«) porque devorar la carne en su crudeza evoca un primitivismo, una masculinidad rupestre y devoradora.
El punto, con tensión hacia lo poco hecho, es lugar de compromiso y límite también porque las formas como «punto más» no despiertan toda la confianza. Es una notación aun no desarrollada. No es como pedir un «do sostenido».
Por estas cosas, siempre hay una parte de la carne que resulta un chicle crudo, provisto de nervadura y rebelde a lo cisorio; resignado, y tratando de que no se me haga bola, yo me acuerdo entonces de Prometeo.
Porque en su mito tiene mucha importancia el punto de la carne. Cuando los hombres estaban a buenas con Zeus, llegó Prometeo, sacrificó un buey y reservó la carne para los humanos, y los huesos, recubiertos de una engañosa grasa, para el dios Zeus, que al descubrir la estafa agarró un considerable y muy entendible enfado. Os quedáis con la carne, vino a decir, pues yo con el fuego, y les retiró el susodicho a los hombres, condenándolos a comer carne, sí, pero cruda.
Ante esto, Prometeo, titánicamente, recuperó el fuego y se lo devolvió a los hombres para que pudieran seguir asando el entrecot, y por ello pagó el precio de ser encadenado a una roca para que diariamente un águila le picoteara el hígado. Hay en los castigos mitológicos siempre esa idea de marmóreo Día de la marmota; por ejemplo, con la piedra de Sísifo —esto nos lleva a pensar que en nuestra invariable repetición diaria purgamos un castigo divino—.
Prometeo se sacrificó para que el hombre pudiera poner la carne al fuego, y ¿cómo se lo paga el hombre? Pidiendo la carne «poco hecha, por favor, que sangre un poco». Si ese fuego es más que fuego, si ha simbolizado el conocimiento, la inventiva, la técnica, la ciencia, ¿qué estamos pidiendo cuando pedimos carne cruda? ¿A qué renunciamos de lo humano? Por eso yo, a partir de ahora, voy a pedir la carne, no al punto, ni al punto plus: al punto prometeico.
