Un globo rojo
Al principio era la risa. Luces, maquillaje, música, aplausos y una carcajada compartida al final del día, en el convenio fantástico y amable del circo. El payaso aliviaba, hacía llevadero el cansancio del mundo a los adultos y ofrecía a los niños un igual inocente y gozoso. No pedía fe ni obediencia sino atención. No prometía verdad, solo diversión y durante mucho tiempo cumplió con su parte del trato, distrayendo, acompañando, poniendo una nota de levedad bajo la carpa, barrera ante un mundo grave y ronco, de dureza e intemperie. Pero los payasos, como los reyes, envejecen.
Si ya tienes una cuenta, inicia sesión
Lee artículos sin límites
Recibe TintaLibre en tu casa
Lee artículos sin límites
Cancela cuando quieras O regístrate gratis y lee cuatro noticias premium al mes
