Resistencia humana
24 de marzo 2026 - 03:08
El escritor Diego Blanco pronunció una conferencia apocalíptica sobre la Inteligencia Artificial. Fue el sábado en Alcorcón durante el Congreso de Familias y Docentes Cristianos organizado por la Fundación Educatio Servanda. Conviene precisar que lo “apocalíptico”, entre cristianos, no es tan negro: empieza mal, sigue peor, se pone imposible y acaba de lujo. Como en el Apocalipsis.
Ese fue el tono. Los problemas que nos va a plantear la IA son de padre y muy señor mío en todos los órdenes, desde la geopolítica a la vida interior. El peligro radica en su capacidad para suplantar lo humano. Por ejemplo, escribe columnas de opinión (ay) muy bien. Como defensa, nos tenemos que hacer fuertes en lo propiamente humano que la IA no hace ni hará. Por ejemplo, en comer un chuletón.
El conferenciante aragonés me ganó de inmediato, y más porque lo decía a las dos y pico de la tarde. Hizo otras propuestas irrechazables: trabajar con las manos, amarnos (con los cuerpos, claro), engendrar hijos, perder el tiempo (o sea, amar con el alma), rezar, crear… Como profesor de Formación Profesional, vi abrirse un nicho de mercado. Igual que el doble grado de moda de ADE y Derecho, pero de Humanidades con FP. Caben el de Filosofía y Fontanería, el de Historia del Arte y Aeronáutica, etc. Los más vivos, como Fabrice Hadjadj y su Instituto Incarnatus, ya ofertan Metafísica con Horticultura.
También será importante saber mandar. La IA es una ayuda formidable para corregir, siempre que no le regales la iniciativa. Si la dejas, borra tus fallos. Y tus fallos son tus huellas dactilares. Quiero decir, las mías, quiero decir, las de todos. Errare humanum est, aunque irrite a la máquina.
Se nos presenta un panorama apocalíptico, o sea, apasionante. Hemos de defender lo mejor que tenemos –y lo único que nos defiende–: nuestra humanidad. Para predicar con el ejemplo, he encargado a otra inteligencia este artículo. La pereza es tan humana… Pero en vez de pedírselo a la IA, aunque ella haga tan bien de negro o de ghostwriter –esa práctica es tan fea que sólo tenemos o la expresión racializada o el extranjerismo ectoplasmático–, se lo he pedido a Diego Blanco. Es justo lo contrario, como su apellido indica. Puestos a copiar, mejor a un tío de Zaragoza que a un algoritmo anónimo. Y quién sabe si chino.
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