Paul R. Ehrlich y su mala apuesta
Hace unos días murió, a los 93 años, Paul R. Ehrlich (no confundirlo con su homónimo, el padre de la quimioterapia, nobel 1908, quien murió hace más de 100). Ehrlich era biólogo, entomólogo, profesor distinguido y presidente del Centro para la Biología de la Conservación de la Universidad de Stanford. En 1968 escribió el libro The Population Bomb (La bomba poblacional), que se vendió por millones de ejemplares y convirtió a su autor en una de las figuras científicas más reconocidas de la época.
(Le puede interesar: La gente quiere estudiar).
El libro comenzaba afirmando: “La batalla para alimentar a toda la humanidad ha terminado. En la década de 1970, cientos de millones de personas morirán de hambre...”. Esa predicción catastrófica, sabemos, no se cumplió. Pero eso no alcanzó para que él revisara sus hipótesis. Años después público La explosión de la población, continuación del anterior, en el que predijo que el aumento de la población empequeñecerá la capacidad de mantener los niveles de vida y degradará la capacidad del medio ambiente para mantener la población.
En 1994 en un artículo, en coautoría con su esposa, Anne H. Ehrlich, afirma que el número de personas que pueden coexistir en la Tierra se sitúa en torno a los 1.500-2.000 millones, pero que si todos quisieran vivir al nivel de los estadounidenses, la población debería ser inferior a mil millones (les recuerdo que ya somos más de 8.000).
En 2004, en una entrevista reconoció: “Algunas de mis predicciones no se han cumplido”. Pero que de todas formas había 600 millones de personas con desnutrición. Lo que no dijo fue que eran las mejores cifras que históricamente había tenido la humanidad.
Cuando publicó su exitoso libro, un profesor de Economía de la Universidad de Maryland, miembro del Cato Institute, Julian L. Simon, lo contradijo y mantuvieron un debate. Simon sostenía que la población no es problema sino solución, porque multiplica el ingenio humano necesario para resolver problemas ambientales y de escasez de recursos. Con datos y mediciones de largo término, argumentó que las condiciones de la humanidad estaban mejorando.
Quien quiera votos, que anuncie desgracias. La indignación virtuosa es buena fuente de votos fáciles.
Ehrlich criticó furiosamente a Simon; alguna vez dijo que “había demostrado que lo único que no se está acabando en la tierra son los idiotas”. Entonces Simon le propuso una apuesta: tomar una canasta de materias primas, la que él escogiera, y evaluarla al costo del día (era 29 de septiembre de 1980), y exactamente diez años después comparar los precios (ajustados) de un paquete de 1.000 dólares. La diferencia sería pagada por el perdedor. Si el costo aumentaba, lo pagaría él; si disminuía, Ehrlich. Escogieron cinco metales: cobre, cromo, níquel, estaño y tungsteno.
Para septiembre de 1990 la población mundial había crecido casi en 1.000 millones de habitantes, y Simon recibió un sobre que contenía un cheque por 576,07 dólares, firmado por Ehrlich, y sin comentarios. Simon entendía que el recurso más importante no es el cobre ni el área cultivable, sino el ingenio humano. Las personas no son solo consumidoras de recursos, son productoras de ideas. Ellas crean sustitutos, aprenden a reciclar, aumentan productividades, disminuyen los tamaños de sus instrumentos, cada vez producen más con menos.
Simon murió muchos años antes que Ehrlich, y en una última entrevista hizo dos predicciones. La primera, que los indicadores de bienestar humano continuarían mejorando, y la segunda, que la gente seguiría quejándose de cómo todo era mejor antes.
Ehrlich nunca cambió sus opiniones a pesar de que ninguna de sus predicciones se cumplió; a nada se renuncia más difícilmente que a una hermosa teoría apocalíptica.
Corolario útil para el momento que vivimos: quien quiera votos, que anuncie desgracias. La indignación virtuosa es buena fuente de votos fáciles.
@mwassermannl
(Lea todas las columnas de Moisés Wasserman en EL TIEMPO, aquí)
