La gente quiere estudiar
Entre las supuestas verdades que circulan, porque ‘todo el mundo lo sabe’, una desconcertante es que los jóvenes ya no quieren estudiar; que quieren ser todos influencers y ganar grandes fortunas con sus cuentas de TikTok, IG o YouTube. Bueno, pues resulta que eso no es cierto: los jóvenes, y los menos jóvenes también, ven el estudio como la máxima aspiración.
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Lo dice una fuente con autoridad: la ‘Encuesta mundial de valores’, que se hace cada seis años (en el mundo, como dice su nombre). Colombia participó por octava vez. El estudio se completó en 2024 y fue publicado hacia finales del año pasado. Los porcentajes que trae no son números estadísticos como los de las encuestas políticas, son más bien aproximaciones que dan una idea de qué tan fuertes son algunos sentimientos en la sociedad, y qué tanto cambian en el tiempo.
Pues bien, resulta que el 99 % declaró que su mayor aspiración es educarse. Por encima de tener trabajo, casa, carro o viajar. Poder estudiar se relaciona fuertemente con la posibilidad de tener un trabajo que genere satisfacción personal y recursos para llevar una buena vida; es que todos trabajamos: los activistas políticos, los directores de orquestas y sus violinistas, los científicos y los administradores. La gran tarea de una sociedad es generarles a todos buenas oportunidades para estudiar.
Entonces, ¿qué pasa que nuestros indicadores de calidad se mueven tan poco? Un informe reciente de la Fundación Empresarios por la Educación, ‘Decisiones que cambian la educación’, trae diagnósticos y propuestas. Es un compendio de trabajos de expertos guiados por líderes reconocidos. Recomiendo a los candidatos leerlo con cuidado, van a encontrar información, inspiración y buenas propuestas.
Los jóvenes quieren estudiar, los padres piensan que el estudio es importante, los maestros quieren enseñar; nos falta osadía.
Sin embargo, y con respeto por los autores (varios de ellos amigos míos), debo decir que sentí un déjà vu leyéndolo. Las propuestas son muy buenas, pero las hemos hecho otras veces. La pregunta ¿qué nos pasa? sigue siendo actual. Las pruebas Saber en todos los niveles (los autores reclaman que se vuelvan a hacer en forma censal, es decir, a todos los estudiantes, no a una muestra) y las pruebas Pisa nos dicen lo mismo: no obstante los esfuerzos, los resultados de calidad no se mueven. Ha habido buenas iniciativas, es cierto, pero sufren del mal más frecuente de nuestra administración pública: la discontinuidad.
El principal problema de los diagnósticos es que no somos sinceros con ellos ni atrevidos con las propuestas, porque la sinceridad y el atrevimiento ofenden a los discursos bien establecidos y políticamente correctos. El problema es complejo, tiene montones de causas, pero algunas, muy importantes, no se mencionan porque molestan. Este escrito es muy breve, puedo apenas referirme superficialmente a un par.
Donde hay un ejemplo de éxito hay un buen líder. No es la gran instalación lo que produce el éxito (hoy los colegios públicos, en muchos casos, las tienen mejores que los privados), es la capacidad que tenga el rector para ejercer un control pedagógico efectivo sobre su planta docente.
Los docentes son el alma y el primer determinante de éxito. Pero evaluamos los procesos rutinarios, no el producto. ¿A quién le importa si llenan formatos y cumplen currículos, si los estudiantes no progresan? Es cierto que el resultado de un estudiante no se debe al trabajo de un solo maestro, pero el resultado de un grupo sí se debe a un colegio. Si la evaluación no genera estímulos (positivos y negativos), no sirve.
Pero ¿quién le pone el cascabel al gato? ¿Qué rector está dispuesto a calificar negativamente a un maestro, con un sindicato todopoderoso respirándole en la nuca? Los jóvenes quieren estudiar, los padres piensan que el estudio es importante, los maestros quieren enseñar; nos falta osadía.
@mwassermannl
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