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Síntomas de decadencia

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10.03.2026

Por estos días de elecciones me mortifican los síntomas de decadencia que se han multiplicado en este gobierno que dijo ser de izquierda. Leo los escándalos de corrupción del alto Gobierno y me viene a la mente el deplorable espectáculo de un Calígula nombrando cónsul a su caballo, un Luis XIV obligando a toda su corte a verlo bailar ballet en Versalles disfrazado de sol naciente, o un Trujillo persiguiendo a las jóvenes distinguidas de la República Dominicana para premiarlas con su amor, mientras sus sociedades se derrumbaban alrededor.

(Le puede interesar: Educar en la ley desde la cuna).

La historia ofrece múltiples ejemplos de momentos en los que los gobiernos y las instituciones entran en procesos de desgaste que, si no se corrigen, terminan en crisis profundas. La decadencia institucional rara vez se manifiesta de manera súbita. Por el contrario, suele aparecer como una suma de síntomas que se acumulan lentamente hasta que la estructura política pierde legitimidad, eficacia y autoridad moral.

Uno de los signos más tempranos es el deterioro del respeto por la ley. Cuando las normas dejan de aplicarse de manera coherente y comienzan a interpretarse según conveniencias políticas o intereses particulares, la institucionalidad se debilita. Así, más que un colapso repentino, el final de la República romana fue el resultado de una erosión gradual de sus reglas y de su cultura política. Cuando las instituciones dejaron de ser respetadas como límites al poder personal, Sila y Julio César abrieron el camino para el surgimiento de un nuevo orden: el Imperio.

Otro síntoma es la proliferación de discursos grandilocuentes que sustituyen la gestión efectiva. Cuando los gobiernos empiezan a vivir más de las narrativas que de los resultados, el lenguaje político se llena de promesas transformadoras mientras la realidad institucional permanece estancada o incluso retrocede. Esta es la experiencia de regímenes populistas tan obsesionados por obtener aplausos en el presente que abandonan la obligación de proveer soluciones efectivas para el futuro.

Cuando la improvisación reemplaza a la experiencia y la lealtad política se vuelve más importante, el funcionamiento del Estado comienza a deteriorarse.

La decadencia también se manifiesta en la captura de las instituciones por intereses particulares. Cuando los organismos públicos dejan de responder al interés general y pasan a funcionar como instrumentos de facciones políticas, grupos económicos o redes clientelistas, la confianza ciudadana comienza a erosionarse. A este fenómeno obedeció el debilitamiento del Imperio otomano en el siglo XIX, con provincias tomadas por élites locales y un centro político incapaz de concertar reglas comunes.

Un cuarto síntoma es el desprestigio del mérito y el conocimiento. Las instituciones sólidas se apoyan en la competencia técnica y en la selección cuidadosa de sus funcionarios. Cuando la improvisación reemplaza a la experiencia y la lealtad política se vuelve más importante que la capacidad profesional, el funcionamiento del Estado comienza a deteriorarse, como ocurrió en los años finales de la Unión Soviética.

A estos síntomas suele sumarse la creciente desconfianza ciudadana. Cuando amplios sectores de la sociedad sienten que las instituciones no los representan o que el sistema político funciona para unos pocos, se debilita el pacto básico que sostiene la vida democrática. En tales contextos, proliferan las teorías conspirativas, los discursos antisistema y las salidas autoritarias.

La decadencia, sin embargo, no es un destino inevitable. La clave está en reconocer a tiempo los síntomas y en asumir que la fortaleza de las instituciones depende de la coherencia entre las normas, las prácticas y los valores que orientan la vida pública. Cuando esa coherencia se rompe, la decadencia comienza a hacerse visible. Y aunque al principio parezca un fenómeno menor o pasajero, la experiencia histórica demuestra que ignorar esos signos suele tener consecuencias mucho más profundas de lo que los gobiernos están dispuestos a admitir.

fcajiao11@gmail.com

(Lea todas las columnas de Francisco Cajiao en EL TIEMPO, aquí)


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