El fin de la revolución
Reelección presidencial, constituyente, voto obligatorio: tres temas que reaparecen con regularidad en el debate nacional.
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Intriga saber las razones por tan obsesiva presencia, como si fuesen las soluciones mágicas para enfrentar graves problemas, los de ayer, hoy y mañana. Su casi permanente presencia sugeriría cierto anclamiento en el pasado, cierta incapacidad para encontrar soluciones y, quizá más preocupante aún, ciertos vacíos deliberativos, simple falta de reflexión.
A la actual prohibición reelectoral se llegó luego de un vaivén de reformas sucesivas, después de haberse abandonado el sistema de posible reelección tras un período de descanso. Le sucedió la reelección consecutiva por una sola vez, antes de que regresara su proscripción absoluta.
Estos ires y venires le han creado extraordinarios ritmos de incertidumbre a la temporalidad de la democracia en Colombia. (Siempre hay que recordar la definición de Juan Linz: la democracia es una forma de gobierno con tiempos limitados).
La constitución actual fue, en su momento de proclamación, punto de llegada y de partida. De llegada, pues confluyeron en ella largas décadas de aspiraciones de una gran transformación. De partida, pues su texto inauguraba una era nueva. Hoy contamos con una Constitución reconocida globalmente por su carácter progresista.
Es entendible que los chilenos se sientan frustrados por seguir regidos por una constitución heredada de la dictadura pinochetista. Es muy difícil entender por qué los clamores para convocar una nueva constituyente en Colombia provienen de sectores que hace poco reclamaban ser coautores de una carta que les abriera el camino al poder.
¿Cómo explicar entonces la aparente obsesión con estos temas, sobre todo el regreso de la constituyente y la insistencia en la reelección?
El voto obligatorio figura menos en el debate. Lo traigo a cuento tan solo para ilustrar las sinrazones de su presencia. Quienes insisten, lo defienden con argumentos contra la corrupción o en favor de formar ciudadanía que no son comprobables en ninguna parte del mundo que lo haya adoptado.
¿Cómo explicar entonces la aparente obsesión con estos temas, sobre todo el regreso de la constituyente y la insistencia en la reelección?
Una simple respuesta remitiría a las estrategias de distracción: se circulan ciertas propuestas con el propósito de desviar la atención pública de problemas urgentes no resueltos.
No sería una respuesta satisfactoria, ya que abre a su turno una nueva pregunta: ¿por qué tales temas logran distraer al público? El que la opinión se distraiga es sugerente de interés, o de la creencia de que dichas medidas pueden servir de soluciones. En esta época dominada por el algoritmo, la prensa suele replicar aquellas noticias y titulares que reciben más “clics”.
Otra respuesta, algo menos simple, exigiría estudiar los procesos de formación de la mentalidad colectiva y de la cultura política, incluidos los valores transmitidos en colegios y universidades. En países de leguleyos (argumento extendible por lo menos al mundo latinoamericano), se cree que basta con cambiar las leyes para cambiar la realidad.
Otra más, histórica y de larga duración, se encontraría en la idea de la revolución inconclusa desde los tiempos de la independencia, reforzada por el huracán cubano de 1959. O en la también recurrente explicación del legado colonial y su reflejo en las tradiciones autoritarias del caudillismo.
El interrogante sigue abierto. Debe abordarse al lado del más fundamental sobre cómo garantizar procesos efectivos de reformas. Y bajo el marco deliberativo sugerido por Albert O. Hirschman, quien advirtió contra las posturas de la intransigencia para propiciar diálogos democráticos. Sabias lecciones en estos tiempos de extrema polarización mundial.
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