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Cómo acabar con la democracia: el manual de Viktor Orbán en Hungría inspira a Trump y a la extrema derecha

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09.04.2026

Elecciones en Hungría

Cómo acabar con la democracia: el manual de Viktor Orbán en Hungría inspira a Trump y a la extrema derecha

A lo largo de cinco mandatos, el primer ministro húngaro ha alterado la constitución para blindar su poder y se ha servido de la intimidación para dinamitar los procesos democráticos, la independencia judicial y la pluralidad de los medios de comunicación

Las amistades 'tóxicas' de Orbán salpican la recta final para las elecciones de Hungría

Trump abre la puerta a permitir a Orbán que Hungría siga comprando petróleo ruso / Archivo

En verano de 2014, Viktor Orbán estaba exultante. Tanto que, en un campamento de verano, delineó su plan para transformar Hungría. "La nación húngara no es una suma de individuos, sino una comunidad que necesita ser organizada, reforzada y desarrollada. Y, en este sentido, el nuevo Estado que estamos construyendo es un Estado iliberal, no liberal". Sin saberlo entonces, su promesa se convertiría en un vaticinio sobre la deriva autoritaria de medio mundo.

A sus 61 años, Orbán encara ahora la recta final de su cuarto mandato consecutivo como primer ministro, el quinto en total. Un dominio sin precedentes desde la era de Janos Kadar, el dictador comunista que gobernó Hungría durante 32 años de Guerra Fría. Sin embargo, y tras dos décadas en el poder, esta podría ser la última semana triunfal de Orbán. El país celebra este domingo unas elecciones parlamentarias en las que el carismático opositor Péter Magyar cuenta con el favor de las encuestas. La probabilidad de un cambio de rumbo en Budapest hace de estos comicios los más importantes del año en Europa.

El líder del partido de la oposición húngaro Tisza, Péter Magyar, pronuncia un discurso durante una manifestación en la Plaza de los Héroes de Budapest / BOGLARKA BODNAR / EFE

Irónicamente, la carrera política de Orbán arrancó en 1989 con un alegato anticomunista a favor de la democracia, los valores liberales y la caída del Telón de Acero. Un año antes había fundado el Fidesz, un movimiento liberal-nacionalista que cristalizó en un partido de centro-derecha.

Tras el derrumbe de la URSS, Orbán y los suyos fueron consolidándose como referentes en el espacio conservador húngaro hasta llegar al Gobierno en 1998, con tan solo 35 años. Su primer mandato fue una advertencia de lo que estaba por llegar: corrupción, estilo agresivo e intentos tanto de erosionar el proceso democrático como de purgar medios e instituciones judiciales.

Orbán perdió sus siguientes elecciones, pero aprovechó su tiempo en la sombra para convertir al Fidesz en un vehículo nacionalpopulista purgado de críticos y centrado en su persona. Tras cruzar el árido desierto de la oposición, en 2010 ganó con la misión de no volver a ser derrotado nunca más. Arrancó su segundo mandato utilizando su mayoría absoluta para alterar fundamentalmente la Constitución y, por ende, el país. Aprovechó que Hungría –ya pleno miembro de la Unión Europea– había sido golpeada por la crisis financiera que deslegitimó el capitalismo de mercado y, con él, la democracia liberal. Bajo su dictado a puerta cerrada, añadió a la Carta Magna el apoyo de valores tradicionales, cristianos y nacionalistas, y modificó la ley electoral para adaptarla a sus intereses.

El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, junto al presidente de España, José María Aznar, en una foto de 1999. / Kote Rodrigo EFE

Su giro reaccionario despertó tanta indignación social que, en las elecciones de 2014, perdió casi medio millón de votos. Aun así, su reforma electoral garantizó al Fidesz una abrumadora mayoría parlamentaria que se ha traducido en una barra libre para sus ambiciones iliberales. Nadie le podía toser.

Erosión de las libertades

Desde entonces, Orbán ha pilotado Hungría con mano de hierro, haciendo de la intimidación su principal método de gobernanza. En poco más de una década, el líder húngaro ha impuesto cambios constitucionales que blindan su poder a la vez que acaba con la independencia del poder judicial, la libertad de pensamiento de las universidades y la pluralidad de los medios de comunicación para someterlos a su voluntad. También ha restringido los derechos de la comunidad LGTBI y de minorías étnicas como los gitanos, ha criminalizado a las organizaciones humanitarias que ayudan a las personas migrantes y ha impuesto por ley que las mujeres que quieran abortar estén obligadas a escuchar antes el latido del feto.

Orbán ha dilapidado la democracia húngara para aferrarse al poder. La UE constató la mutación iliberal de uno de sus Estados miembro cuando, en 2022, el Europarlamento dictaminó que "ya no es una democracia", sino un "régimen híbrido de autocracia electoral", un país con elecciones, pero sin respeto a las normas democráticas. Orbán no ha perpetrado un golpe militar ni ha encarcelado a los líderes opositores, pero –según el libro Embedded Autocracy: Hungary in the European Union (2024)– sí ha sabido apelar al nacionalismo cristiano, a la autocensura de los húngaros y a su "falta de preocupación" histórica por el sistema político para imponer su voluntad.

El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, celebra su crucial victoria electoral en los comicios parlamentarios de 2010, que cimentarían su hegemonía. / Szilard Koszticsak EFE

Manual contra la democracia

Sin embargo, lo que para Bruselas es un foco de problemas se ha convertido en un manual para las ambiciones autocráticas de líderes de derecha radical en países como Suecia, Eslovaquia, Austria, Croacia o España. Sin ir más lejos, el presidente de Vox, Santiago Abascal, ha definido a Orbán como "el verdadero protector de Europa". Donald Trump también se ha deshecho en halagos al húngaro, describiéndolo como "fantástico" y "respetado". El Fidesz ha sacado pecho de haber compartido sus estrategias con los asesores del presidente de Estados Unidos, una fascinación del movimiento MAGA (Make America Great Again) que ya se está traduciendo en acciones prácticas desplegadas a una velocidad vertiginosa. El interés del trumpismo en Orbán es tal que el vicepresidente J.D. Vance ha visitado esta semana Budapest para apoyarle y criticar juntos a la UE, una injerencia electoral insólita.

Además de recurrir a teorías de la conspiración y a la islamofobia, muchas formaciones de extrema derecha han tomado nota del primer –y, quizás, más crucial– paso para adueñarse de un país: controlar la prensa. Inspirándose en la Rusia de su ahora aliado Vladímir Putin, Orbán empezó purgando los medios públicos para colocar a sus aliados al frente. Después, retiró la publicidad institucional de los privados para llevarlos a la bancarrota y permitir que, regados con dinero de los fondos europeos, oligarcas fieles a su visión terminasen comprándolos.

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Todo ello ha dado lugar a un panorama mediático casi monopolístico bajo su yugo en el que los pocos medios críticos que existen se ven forzados a imprimir sus ejemplares fuera del país. El director del semanario Magyar Hang, Csaba Lukacs, ha advertido de esa deriva en declaraciones al canal NPR: "Aún no estamos en Turquía porque los periodistas no somos encarcelados. Y aún no estamos en Rusia porque no nos caemos por las ventanas. Pero cada día estamos más cerca de ello".

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