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Después de un bloqueo de 44 días

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15.06.2026

Los bloqueos parece que se terminan. Las carreteras empiezan a despejarse, los mercados empiezan a abastecerse y la ciudad recuperará lentamente una normalidad que durante semanas pareció imposible. Pero el final de los 44 días no trajo necesariamente paz.

¿Qué queda después de esto? 

La crisis nunca termina cuando se levantan las medidas de presión. Las crisis dejan consecuencias. Cambian relaciones políticas, erosionan confianzas, lastiman el tejido social. René Zavaleta Mercado, nuestro gran sociólogo, sostenía que las crisis son momentos privilegiados del conocimiento, instantes en los que una sociedad se muestra a sí misma sin disfraces. Y los 44 días fueron un momento de revelación y otra muestra de lo que continuamos sin resolver. 

La lectura más superficial del conflicto intentará reducir todo a una pelea entre Evo Morales y Rodrigo Paz, o a una conspiración de uno u otro extremo. Sin embargo, semejante explicación resulta insuficiente para comprender por qué una movilización logró sostenerse durante más de un mes, extenderse a distintos departamentos y poner en evidencia las dificultades de un gobierno que apenas comenzaba su gestión. La crisis no nació con los bloqueos, se expresó en los bloqueos. 

Su origen inmediato fue la ruptura del pacto electoral que llevó a Rodrigo Paz al poder. Una parte importante del movimiento indígena-popular que decidió abandonar al MAS después de años de desgaste, de peleas intestinas y de una profunda decepción moral, encontró en la fórmula Paz-Lara la promesa de ser una bisagra hacia el nuevo ciclo (que aún se desconoce en forma). Se ofrecía preservar los avances del ciclo anterior, corregir sus errores y construir una transición sin exclusiones. Pero el divorcio con el vicepresidente Edman Lara, el desplazamiento de sectores que habían sido decisivos en la victoria electoral y la percepción creciente de que las promesas no se cumplían terminaron produciendo una ruptura política y emocional con buena parte de esa base social.

Las demandas económicas fueron escalando hasta transformarse en una impugnación política. Los pliegos petitorios de distintos sectores entre el enero y abril previo al conflicto no solo fueron rechazados sistemáticamente por el gobierno sino tratados con displicencia. El conflicto mutó de una disputa por salarios o por políticas públicas hacia cuestionamientos políticos de fondo que se expresaron en una sensación de traición y de pérdida de reconocimiento.

En Bolivia, las heridas históricas no han terminado de cerrarse, este factor, que no es sencillo, está presente en toda la historia de la conflictividad de nuestro país, solo hace falta una chispa para que las crisis políticas........

© El País