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Leer para hacer: cuando la comprensión nace de la práctica

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11.03.2026

Durante el desarrollo de mis prácticas pedagógicas en educación primaria, una de las experiencias que más marcó mi forma de entender la enseñanza de la lectura fue comprobar que los estudiantes comprenden mejor cuando leen para hacer algo concreto. Esta idea fue tomando fuerza a medida que observaba cómo cambiaba la actitud de las niñas y los niños cuando la lectura tenía un propósito claro y cercano a su vida cotidiana.

En el aula, muchas veces se asume que la comprensión lectora se logra únicamente a través de preguntas escritas o actividades repetitivas. Sin embargo, en mi experiencia, comprendí que leer también puede ser una acción práctica, una herramienta para tomar decisiones, organizar pasos y reflexionar sobre lo que se hace. Cuando la lectura deja de ser solo un ejercicio en el cuaderno y se convierte en parte de una actividad real, los estudiantes se involucran de otra manera.

Uno de los momentos más significativos de mi práctica fue trabajar la lectura a partir de textos funcionales, especialmente recetas. Al leer una receta, los estudiantes no solo debían reconocer palabras, sino entender qué se necesitaba, en qué orden realizar los pasos y por qué era importante seguir ciertas indicaciones. La lectura, en este caso, se transformó en una guía para la acción, y no en un texto aislado de la realidad.

A partir de esta experiencia, pude notar que la comprensión lectora se fortalecía de manera natural. Los estudiantes hacían preguntas, anticipaban resultados, comparaban instrucciones y reflexionaban sobre los cambios que podían realizar. Sin darse cuenta, estaban trabajando los niveles literal, inferencial y crítico de la comprensión lectora, pero desde una actividad que tenía sentido para ellos.

Este enfoque me permitió entender que no todos los estudiantes se relacionan de la misma forma con los textos largos o abstractos, pero sí pueden comprender cuando el texto responde a una necesidad concreta. Leer para preparar algo, para organizar una tarea o para explicar un proceso genera mayor atención y compromiso. La lectura, en estos casos, deja de ser una obligación escolar y se convierte en una herramienta útil.

Esta experiencia coincide con lo que plantea Isabel Solé, quien sostiene que la comprensión lectora se construye cuando el lector tiene un objetivo claro y puede interactuar activamente con el texto. En el aula, este objetivo se vuelve más evidente cuando la lectura está vinculada a una acción concreta.

Además, trabajar la lectura desde la práctica permitió atender la diversidad del aula. Algunos estudiantes comprendían rápidamente los pasos, otros necesitaban apoyos visuales o explicaciones adicionales, y otros aprendían observando a sus compañeros. Lejos de ser una dificultad, esta diversidad se convirtió en una oportunidad para aprender en conjunto, dialogar y apoyarse mutuamente.

Como docente en formación, esta experiencia me enseñó que el rol del maestro no es solo explicar, sino crear situaciones donde la lectura tenga sentido y propósito. Acompañar el proceso, orientar con preguntas y permitir que los estudiantes se equivoquen y reflexionen fue parte fundamental del aprendizaje. En este proceso, la lectura dejó de ser pasiva y se volvió participativa.

También comprendí que cuando los estudiantes ven resultados concretos de lo que leen, su motivación aumenta. Preparar un producto, explicar un procedimiento o compartir lo aprendido con sus familias fortalece la confianza y el interés por seguir leyendo. La lectura se transforma así en una experiencia significativa que trasciende el aula.

Desde esta vivencia, reafirmo que fortalecer la comprensión lectora no siempre requiere materiales complejos o estrategias complicadas. A veces, basta con mirar el contexto, aprovechar lo que forma parte de la vida de los estudiantes y darle a la lectura un propósito claro. Leer para hacer, pensar y decidir es una forma sencilla pero poderosa de enseñar a comprender.

Queda claro que aún hay mucho por hacer en el camino de la comprensión lectora. Sin embargo, pequeñas acciones, sostenidas en el tiempo y compartidas entre escuela y familia, pueden marcar una diferencia real en la vida de los estudiantes.


© El País