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Operar la integración: la voz de las aduanas en el futuro del T-MEC

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La próxima revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, el T-MEC, dejó de ser un ejercicio teórico para convertirse en una conversación estratégica. Tras la presentación de los resultados de las consultas públicas encabezadas por el Secretario de Economía, Marcelo Ebrard Casaubón, México llega a esa mesa con algo que pocas veces se logra en política: un consenso nacional amplio y un mandato estratégico.

Las cifras hablan por sí solas. Cerca del 78.5% de los participantes respaldaron la continuidad del tratado. Ese dato refleja algo aún más profundo: el T-MEC no es solo un instrumento comercial; es el eje de la integración productiva de América del Norte.

La consulta fue inédita por su alcance. Participaron sectores industriales, agropecuarios, cámaras empresariales, el movimiento obrero, la academia y gobiernos estatales. En ese ejercicio, los Agentes Aduanales también estuvimos presentes a través de CAAAREM. No es casualidad: somos quienes operamos el tratado todos los días, en cada despacho, en cada pedimento y en cada cruce fronterizo donde las cadenas de suministro de la región se vuelven realidad.

Desde esa experiencia cotidiana sabemos que los acuerdos comerciales no se sostienen solo en el papel, sino en su correcta implementación. Por eso, para nuestro gremio fue fundamental aportar propuestas que fortalezcan la certidumbre, simplifiquen procesos y aseguren que las reglas del comercio se apliquen con claridad y consistencia.

Uno de los mensajes centrales de la presentación del Secretario Ebrard —a quien reconocemos su apertura y liderazgo en este tema encomendado por la Presidenta de México— fue precisamente la necesidad de preservar esa certidumbre. En un entorno internacional cada vez más competitivo, Norteamérica no puede darse el lujo de introducir incertidumbre estructural en sus reglas comerciales.

Mientras en Asia las economías avanzan con rapidez y estabilidad regulatoria, nuestra región corre el riesgo de distraerse en debates recurrentes sobre las reglas básicas de su integración. A ello se suma un factor político inevitable: la visión del Presidente de los Estados Unidos, que con frecuencia cambia con cada ciclo político.

Países como Vietnam, Indonesia, Malasia o Tailandia están ganando terreno en los mercados globales y captando inversiones estratégicas en sectores como semiconductores, industria automotriz, aeronáutica e inteligencia artificial. La competencia ya no consiste únicamente en exportar más, sino en definir quién controlará las cadenas de valor del futuro.

En ese contexto, la discusión del T-MEC adquiere un carácter profundamente estratégico. México llega a esta primera ronda de conversaciones con tres ejes claros: reducir la dependencia de Norteamérica respecto de otras regiones, revisar cuidadosamente las reglas de origen y fortalecer la seguridad económica regional.

El primer punto es particularmente revelador. Hoy, Estados Unidos y México dependen en más de 90% de Asia para insumos esenciales como precursores farmacéuticos o ciertos componentes industriales. Esa vulnerabilidad quedó expuesta durante la pandemia y hoy se reconoce como un riesgo geoeconómico. Reducir esa dependencia implica desarrollar nuevas capacidades productivas dentro de la región, lo que abre oportunidades relevantes para la industria mexicana.

Las reglas de origen, por su parte, representan uno de los temas más delicados. Son el mecanismo que determina qué productos pueden beneficiarse del tratado, pero también pueden convertirse en una barrera si se diseñan sin una comprensión precisa de las cadenas productivas. De ahí la importancia de revisarlas con precisión quirúrgica.

En todo este proceso, la participación del sector privado será determinante. El modelo que plantea la Secretaría de Economía —con consultas permanentes a representaciones empresariales, al movimiento obrero y al sector académico— refleja una visión moderna de la política comercial. Hoy las negociaciones internacionales ya no se construyen exclusivamente desde el gobierno, sino desde una comunidad económica más amplia.

Para los Agentes Aduanales, esta etapa es especialmente relevante. Somos un eslabón esencial en la competitividad de México y en la facilitación del comercio regional. Cada operación aduanera es, en cierto modo, la prueba práctica de que la integración de Norteamérica funciona.

El desafío ahora es consolidar esa integración con visión estratégica. Si Norteamérica quiere competir con las economías más dinámicas del mundo, deberá hacerlo con reglas claras, cooperación regional y cadenas logísticas eficientes.

En esa tarea, las aduanas —y quienes las operamos— seguiremos siendo parte fundamental de la solución. Porque, al final, los tratados comerciales se firman en los escritorios, pero se hacen realidad todos los días en las 50 aduanas del país.

POR JOSÉ IGNACIO ZARAGOZA AMBROSI

Experto en Comercio Exterior


© El Heraldo de México