La verdadera soberanía energética
El cierre del estrecho de Ormuz volvió a recordar al mundo una verdad incómoda: el sistema energético global sigue dependiendo de corredores geopolíticamente frágiles. Por esa vía circula uno de cada cinco barriles de petróleo del planeta. Cuando ese punto crítico se paraliza, los mercados reaccionan de inmediato y los precios del crudo se disparan. Analistas de Goldman Sachs ya anticipan que podrían volver a superar los 100 dólares por barril.
México observa esta crisis desde la distancia geográfica. Pero en energía, la distancia no protege. Aunque no importamos petróleo del Golfo Pérsico, nuestra economía sigue profundamente expuesta a las turbulencias del sistema fósil global.
Dependemos del exterior para la mayor parte del gas natural que consumimos y de una parte relevante de las gasolinas que utilizan hogares, industrias y transporte. Cuando el sistema energético internacional se sacude, el impacto termina reflejándose en los costos que pagan los consumidores y en la estabilidad económica del país.
Esta vulnerabilidad coincide con el deterioro estructural del modelo petrolero mexicano. Pemex cerró 2025 con uno de los peores resultados de su historia reciente: caída de la producción, desplome de las exportaciones y niveles de ingresos incluso por debajo de los registrados durante la pandemia.
Más que un problema coyuntural, es una señal clara de agotamiento de un modelo que durante décadas definió la política energética nacional. Aunque el gobierno reconoce la importancia de las energías renovables, la estrategia oficial sigue situando al petróleo en el centro de la soberanía energética. Pero esa idea responde más a la geopolítica del siglo XX que a la realidad energética del siglo XXI.
La verdadera soberanía energética no consiste en tener petróleo bajo el subsuelo. Consiste en reducir la dependencia de los mercados volátiles y de los conflictos lejanos para satisfacer la demanda interna. Hoy, esa independencia pasa por otro camino: la electrificación, las energías renovables y la eficiencia energética.
Algunas economías ya lo entendieron. Alemania pagó un alto costo cuando la guerra en Ucrania disparó los precios del gas que importaba. China, en cambio, convirtió la transición energética en una estrategia industrial y hoy lidera la fabricación de paneles solares, baterías y vehículos eléctricos.
México cuenta con recursos excepcionales para insertarse en esta nueva economía energética: abundante radiación solar, corredores eólicos altamente competitivos y un gran potencial geotérmico. El problema es la falta de dirección estratégica. Seguir apostando al petróleo como pilar de la soberanía energética implica profundizar en la dependencia de un sistema global cada vez más volátil.
La historia energética reciente lo demuestra: las crisis petroleras no son anomalías, sino ciclos recurrentes. La soberanía energética del siglo XXI no se construye con más pozos ni refinerías ni importaciones de gas. Se construye reduciendo la vulnerabilidad frente a los combustibles fósiles y acelerando la transición hacia un sistema energético más diversificado, limpio y resiliente.
Presidenta de Sostenibilidad Global
