La vida en duda: cómo vivir en un cuerpo que el sistema no entiende
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Hablar de la vida en Colombia es un recorrido por los discursos aprendidos. La narrativa de la resiliencia, y la celebración constante de lo cotidiano: el verde de los paisajes, la calidez de la gente, la belleza de una diversidad que pareciera curarlo todo. Sin embargo, las arandelas que adornan ese romanticismo en el país del Sagrado Corazón no alcanzan a ocultar las tensiones profundas que nos han formado como Nación. Entre violencias persistentes, desigualdades históricas y una tradición inconsciente de justificar lo injustificable, defender la vida se convierte en una tarea cotidiana y, a la vez, en un dilema ético permanente.
Quizás por eso, para mí, hablar de eutanasia en Colombia no es hablar de muerte: es hablar de vida que no siempre se nos permite vivir, de las muchas veces que se vuelve imposible de sostener la vida en el país de la belleza, pero también de la lucha y compromiso que significa defender el derecho a la vida con dignidad.
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Acceder a la salud en Colombia se ha convertido en un litigio permanente, volviéndonos a muchos pseudoabogados. El aumento de solicitudes de eutanasia no revela un deseo masivo de morir, sino un sistema incapaz de garantizar condiciones mínimas para vivir. El agotamiento no proviene solo de la enfermedad, sino de la burocracia, la violencia institucional y redes de cuidado desgastadas o imposibles de constituir.
Así, el derecho a una muerte digna termina revelando una verdad más profunda: que el derecho a la vida va más allá de un cuerpo funcional y significa la posibilidad real de vivir con dignidad, bienestar y sin sufrimientos evitables.
Antes de las estadísticas, debo hablar desde mi cuerpo. Soy una mujer de 35 años que, desde los cinco, ha sido territorio de intervención neurológica. Mi voz surge de alguien que se creyó el discurso resiliente de que “vivir siempre vale la pena”. Tuve la suerte de tener una madre que hizo posible lo imposible;........
