Los vinos de mi recuerdo
Creo que la primera vez que probé vino fue en Chile, allá por los años 60, cuando mi padre lo compraba en damajuana (chuico le decían en Chile y estaba bien dicho) ¿Por qué el chuico de tinto? Simplemente porque era más barato. Comprar un chuico de diez litros costaba menos que comprar cinco botellas de mediano precio y seguramente que una sola de Gran Reserva. Fue ahí cuando probé el vino y me pareció agrio, ácido. De ahí que imaginé que serían intomables los vinos que consumieron las clases altas de Egipto, Grecia y Roma, cuando los caldos eran guardados en ánforas u odres de piel de cabra, hasta que, por fin, llegó la botella de vidrio y el corcho en la Edad Moderna, que fue fundamental para conservar el gran vino que disfrutamos ahora o mejor dicho los que tienen permiso para hacerlo.
¿Quién no ha sido un cerdito en su juventud? ¿Chanchito con la comida, el sexo y la bebida? Pues cuando me empezó a gustar el vino a mis 15 o 16, mi padre decía que su damajuana le duraba cada vez menos y me miraba a mí. Luego, con mis amigos, casi todos hijos de exiliados en Santiago, íbamos a los restaurantes, donde los mozos nos vendían el vino que le llamaban el “bigoteao”. Nos decían que eran tintos de las diversas botellas que, sin acabar, quedaban en las mesas. Una........
