Una ciudad abierta en la llanura
En 1630, mientras navegaba rumbo al Nuevo Mundo, John Winthrop pronunció un sermón que marcaría para siempre la historia política de los Estados Unidos. Les dijo a los colonos que estaban por fundar una comunidad que sería “como una ciudad asentada sobre una colina”. Los ojos del mundo estarían puestos sobre ellos.
Durante siglos, esa metáfora inspiró a generaciones de líderes estadounidenses. Pero pocas veces se recuerda que Winthrop no hablaba de poder.
Hablaba de responsabilidad. La altura de aquella ciudad no era un privilegio; era una carga. Quien ocupa un lugar visible está obligado a ser mejor, porque será juzgado por su ejemplo.
Más de tres siglos después, John F. Kennedy recuperó esa imagen en plena Guerra Fría. Para él, la ciudad sobre la colina no era una nación destinada a dominar, sino una sociedad llamada a servir. Su célebre exhortación —”No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué puedes hacer tú por tu país”— era una invitación a entender el liderazgo como una forma de servicio antes que de poder.
Ronald Reagan dio un paso más. Transformó aquella ciudad en una “ciudad brillante sobre la colina”. Ya no destacaba solamente por su responsabilidad, sino porque irradiaba esperanza. La fuerza de Estados Unidos, sostenía, no residía únicamente en su economía o en su capacidad militar, sino en su facultad para atraer a millones de personas que veían en ella un horizonte de libertad y oportunidades.
Los tres hablaban de liderazgo. Pero........
