El Arte de la Guerra II
En 1972, bajo la tierra húmeda de una tumba de la dinastía Han en Yinqueshan, unos arqueólogos desenterraron algo más que huesos: desenterraron una voz. Era la de Sun Bin, un general al que la historia había reducido a fragmentos. Durante siglos, sólo conocimos retazos de su pensamiento. Ese día, el libro completo volvió a respirar.
Sun Bin no era un estratega cualquiera. Decían que la sangre de Sun Tzu corría por sus venas. Un siglo los separaba, pero el arte de la guerra parecía un legado familiar. Escribió su tratado como una continuación, una respuesta a un mundo que ya no era el de su antepasado.
A Sun Bin lo llamaban “el mutilado”. Un enemigo, temeroso de su mente, ordenó que le arrancaran las rótulas. Quisieron quitarle las piernas para que no caminara hacia la victoria. Lo que no entendieron es que un estratega no gana con las rodillas: gana con la cabeza. Y la suya siguió intacta, afilada, convirtiéndolo en el teórico más temido de su tiempo. Murió en 316 a.C., pero su sombra fue larga.
Había aprendido del más extraño de los maestros: un ermitaño taoísta al que llamaban “el maestro del valle del demonio”. Su nombre real, se cree, era Wang Xu. Desde su cueva, Wang Xu moldeó a las mentes más brillantes y peligrosas de los Reinos Combatientes. Su Qin y Zhang Yi, los arquitectos que redibujaron el mapa de China con palabras y alianzas, se sentaron a sus pies. Y Sun Bin........
