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Del subsidio al misil: Bolivia importa petróleo… y ahora también la guerra

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Hay una magnífica expresión en portugués que debería colocarse en la entrada del Ministerio de Economía: o ótimo é inimigo do bom. Lo óptimo es enemigo de lo bueno. Una advertencia contra esa enfermedad frecuente entre economistas y políticos: diseñar soluciones impecables para países que solo existen en los paisajes del Excel.

En el debate boliviano sobre los combustibles ha triunfado una idea aparentemente irrebatible: eliminemos la subvención y dejemos que el diésel refleje el precio internacional. El argumento tiene fundamentos económicos sólidos. Una subvención generalizada distorsiona precios, estimula el consumo, favorece el contrabando, desalienta la eficiencia y destroza las finanzas públicas. Hasta aquí, aplausos. Milton Friedman podría dormir tranquilo.

Y el Gobierno acaba de avanzar precisamente en esa dirección: eliminó la subvención al diésel y anunció que su precio fluctuará según el mercado internacional. Según el presidente, el Estado destinaba alrededor de 55 millones de dólares semanales a la subvención de combustibles, principalmente diésel, equivalentes a más de 2.600 millones de dólares anuales.

Estoy de acuerdo con el destino final: Bolivia debe abandonar la subvención universal. El problema está en confundir el destino con el camino.

Porque una cosa es eliminar una subvención fiscalmente insostenible y otra muy distinta colocar al consumidor boliviano, pechito de bronce descubierto, frente a uno de los mercados más volátiles y geopolíticos del planeta.

El petróleo tiene oferta y demanda, ciertamente, pero también OPEP, sanciones, guerras, bloqueos, drones, portaaviones y misiles. Adam Smith participa en este mercado, pero ocasionalmente comparte mesa con el Pentágono.

Cuando una guerra amenaza el estrecho de Ormuz, el precio internacional incorpora una prima de riesgo geopolítico: temor a interrupciones, mayores costos de transporte y seguros e incertidumbre sobre la oferta. Por eso no todo incremento del petróleo representa necesariamente un nuevo precio de equilibrio de largo plazo. Una parte puede ser simplemente el precio temporal de que el mundo haya decidido volverse loco.

Y aquí aparece mi principal diferencia con la decisión gubernamental. Si el diésel boliviano fluctúa directamente con el precio internacional, corremos el riesgo de sustituir la vieja subvención por algo igualmente problemático: un impuesto de guerra importado.

Dispara Irán, responde Estados Unidos, aumenta el seguro marítimo y termina pagando el productor de Santa Cruz, el transportista de Cochabamba y finalmente la señora que compra tomates en La Paz.

Globalización,........

© El Deber