Asombro con anestesia
En los últimos meses he estado leyendo e investigando sobre el cerebro. No por curiosidad intelectual —que también—, sino por necesidad vital. Sus funciones, sus zonas frágiles, ese equilibrio precario que puede quebrarse con una sola decisión clínica, los riesgos que se corren cuando se lo interviene… y esa verdad incómoda que uno aprende tarde: no mandamos tanto como creemos. El cerebro no negocia con la soberbia. Exige atención, pausa y humildad. No hay órgano más fascinante ni más frágil. Y fue en ese tránsito —entre neuronas y resonancias, imágenes clínicas y artículos periodísticos, publicaciones científicas y silencios largos— que reapareció una pregunta que creía resuelta: ¿en qué momento perdimos la capacidad de asombro?
El asombro no es ingenuidad, candidez ni inocencia. Es una forma activa de inteligencia. El cerebro sano se sorprende: detecta anomalías, emite alarma interna cuando algo no encaja. Es ese reflejo primario que nos obliga a moderar, a dudar, a preguntar… incluso a desconfiar. El problema es que hoy vivimos anestesiados por la repetición. Nada nos conmueve demasiado porque todo se recicla demasiado. La indignación dura lo que dura el scroll. Pasa un titular, pasa otro; y lo extraordinario se acomoda, se amansa, se convierte en costumbre.
En Bolivia tenemos un talento especial para normalizar lo inverosímil, para domesticar lo insólito como si fuese parte del paisaje. El comportamiento errático del........
