Marta Navarrete: la española que está cambiando lo que sabíamos del cerebro humano
A unos kilómetros del centro de Madrid, en un edificio que lleva el nombre de Santiago Ramón y Cajal, padre de la neurociencia española, hay una mujer de 45 años escuchando a las células del cerebro que el resto del mundo lleva un siglo creyendo que eran mudas. Trabaja con un equipo de mujeres jóvenes. Llegan al laboratorio a las ocho de la mañana. Manejan microscopios, ratones y luz. Y firman, una detrás de otra, los trabajos más importantes de la neurociencia española actual.
Lo que están descubriendo va a cambiar lo que sabemos sobre cómo aprendemos, cómo recordamos y cómo se cuida nuestro cerebro durante los próximos cincuenta años.
Conviene volver un momento al hombre cuyo nombre lleva el edificio. Porque la historia se cierra sola.
Madrid, 1899. La Gran Vía todavía no existía. El metro tampoco. En una casa de la capital, un médico aragonés se pasa los días encerrado con un microscopio de latón, una plumilla y un tintero. Se llama Santiago Ramón y Cajal. Va a ganar el Nobel siete años después.
Aquellas estrellas hacen muchísimo más. Hablan. Aprenden. Recuerdan. Y deciden, en silencio, buena parte de lo que somos
Cajal hizo dos cosas que cambiaron la ciencia mundial. Demostró que el cerebro está hecho de células individuales —las neuronas— que se comunican entre sí sin fusionarse. Y las dibujó. Miles. A mano. Con plumilla y tinta china. Como árboles, como ríos, como constelaciones. Esos dibujos siguen ilustrando, 125 años después, los manuales universitarios de medio mundo.
Y luego, en esos mismos cuadernos, pintó otra cosa. Algo que dibujó sin sospechar lo que escondía y que iba a dejar como tarea pendiente para una científica española del siglo XXI. Mientras dibujaba las neuronas, vio que entre ellas había otras células. Muchas. Tenían forma de estrella. Eran la mitad del cerebro humano. Las pintó también. Y les puso un nombre que viene del griego: neuroglia. Significa pegamento.
Ahora, en el edificio del Instituto Cajal del CSIC, una mujer extremeña ha dedicado su carrera entera a demostrar que aquellas estrellas hacen muchísimo más. Hablan. Aprenden. Recuerdan. Y deciden, en silencio, buena parte de lo que somos. Cajal las pintó. Marta Navarrete les ha dado voz.
Llego a Marta Navarrete trabajando en un programa para televisión sobre adicciones y adolescencia. Quería entender, con base científica, qué le pasa al cerebro de una persona adicta. La respuesta, en buena parte, lleva veinte años escribiéndose en este laboratorio del Cajal.
Por qué importa, ahora mismo
España es el país europeo donde un adolescente tiene contacto con el alcohol más temprano. A los 14 años, la mitad ya lo ha probado. Tres de cada cuatro lo tienen integrado en su vida. Uno de cada cuatro lo consume en atracón. Uno de cada cinco ha probado el cannabis antes de los 15. Cerca de 37.000 adolescentes entran al año en el sistema sanitario español por consumo problemático. Casi uno de cada cinco ha tomado pastillas para dormir o para la ansiedad antes de los 18. Los problemas de salud mental adolescente han crecido un 300% desde 2012. Cuatro de cada diez adolescentes reconocen haber tenido un problema de salud mental en el último año.
Estamos ante uno de los mayores problemas sociales que tiene este país. Una generación entera de adolescentes conviviendo con sustancias, pantallas y notificaciones en la etapa más sensible de toda su vida cerebral. Y haciéndolo, en buena medida, porque ni ellos ni la mayoría de sus padres saben lo que está pasando dentro de su cerebro mientras todo esto ocurre.
Sobre este paisaje está trabajando, ahora mismo, un equipo que va a aparecer en los libros de texto de neurociencia del mundo entero.
Quién es Marta Navarrete
Nació en Salvaleón, un pueblo de poco más de 500 habitantes en la Baja Extremadura, en septiembre de 1980. Estudió Química en la Universidad de Extremadura. Se doctoró en Neurociencia en la Autónoma de Madrid bajo la dirección de Alfonso Araque, el investigador que llevaba años defendiendo, contra la corriente científica mundial, que en aquellas estrellas calladas estaba ocurriendo algo importante. Marta se lo creyó. Y se dedicó a demostrarlo.
Pasó por........
