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Las niñas Sephora: cuando la belleza llegó a la cara de una niña de 11 años

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Siete y media de la tarde. Un viernes cualquiera. Una niña de 11 años se mete en el baño de su casa con la puerta cerrada. Saca de un neceser nuevo un sérum, una hidratante de día, una crema de noche y un contorno de ojos. Hace una rutina de 6 pasos. Lleva 3 meses haciéndola.

Esta Navidad pidió a sus padres una crema de 84 euros que había visto en TikTok. La promociona una niña de su edad, en una habitación parecida a la suya, con su mismo flequillo. La crema lleva retinol.

Su madre no entendió bien qué le estaba pidiendo su hija. Lo buscó. Llamó a su dermatóloga. Le dijeron lo mismo que llevan años repitiendo todas las dermatólogas pediátricas de este país: una piel de 11 años no necesita retinol. No necesita ácidos. No necesita un sérum. Necesita agua, hidratación y protección solar.

Pero la niña insistió. Le explicó a su madre que todas sus amigas hacen algo que llaman skincare. Que en Sephora hay una sección entera para ellas. Que hay rutinas de 12 pasos y que ella va por el cuarto. Que si no se cuida ahora, después es tarde.

Once años. Después es tarde. Lea otra vez esa frase, padre o madre que está leyendo. Léala despacio. Es la frase que se está colocando en la cabeza de una niña que aún no ha tenido siquiera el período.

Algo está pasando cuando una niña de 11 años aprende, sin que nadie se lo haya dicho explícitamente, que su cara es un problema que hay que resolver.

Lo que le ocurre a esta niña no es una rareza. Tiene nombre, mercado y hashtag. Se llama el fenómeno Sephora kids. Empezó en Estados Unidos hace 3 años, cuando empleadas de la cadena de cosmética que le da nombre —y que ha quedado fijado hasta en los artículos científicos— grababan a niñas de 9, 10 y 11 años recorriendo los pasillos como expertas, pidiendo sérums y ácidos exfoliantes con la misma seguridad con la que antes pedían una chocolatina.

Pero lo que pasa al otro lado del mostrador es lo que de verdad importa. Lo que pasa al otro lado es una niña que crece dentro de un aparato cultural que ninguna generación anterior ha vivido. A los 11 años abre TikTok, Instagram o YouTube y entra en un escenario donde otras niñas de su edad —o adultas que parecen niñas, o niñas a las que han hecho parecer adultas— le explican qué tiene que mejorar. Qué tiene que prevenir. Qué tiene que comprar. Cuántos pasos tiene que dar antes de irse a la cama.

El estudio DIGITAL_FIT, dirigido por la doctora Beatriz Feijoo en la Universidad UNIR junto a la Fundación Mapfre, lo ha medido con 1.055 menores españoles de 11 a 17 años. Cuando esas niñas y esos niños ven a influencers colaborando con marcas de alimentación o estética, casi 1 de cada 3 siente —de forma frecuente o muy frecuente— que un cuerpo bello es un cuerpo delgado y tonificado. Más de 1 de cada 4 siente que su físico determina cuánto vale como persona. El 13,9% siente que no está a la altura. El 13,8% se pone metas para conseguir un cuerpo perfecto.

No son adultas. Son niñas y niños españoles. Lo están sintiendo ahora. Y 7 de cada 10 saben perfectamente que esa publicidad busca que compren. Una de las verdades más duras de la adolescencia digital es esta: la conciencia crítica no anula el efecto emocional. Una niña puede saber que le están vendiendo algo y, aun así, sentir que sin eso no es suficiente.

La piel de una niña no es la piel de una mujer

A los 11 años la piel está todavía haciéndose. Es más fina. La barrera que separa lo de fuera de lo de dentro está sin terminar. Como decía, lo único que necesita —y lo dice toda la dermatología pediátrica— es agua, hidratación y crema solar. Eso es. Tres cosas.

La doctora Paloma Borreguero, portavoz de la Academia Española de Dermatología y Venereología, dice sin rodeos que es una locura que una niña de 11 o 12 años hable de su rutina de belleza. Su colega Elia Roó, de la misma sociedad científica, lo ve cada semana en consulta. Llegan adolescentes con dermatitis irritativa por concentraciones altas de retinol y ácidos que no saben usar.

Y vienen, además, con más acné del que tendrían si no hubieran tocado nada. La paradoja es exacta. Empiezan a cuidarse demasiado pronto y terminan estropeando la piel que querían proteger.

Los datos lo respaldan. El primer estudio científico que ha analizado este fenómeno lo publicó la Universidad Northwestern en junio del 202 en Pediatrics, la........

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