La nueva nicotina: el negocio de los 13.000 millones que respira en los patios, en los pubs y en el mercado negro de Europa
A las 18.15 horas, un chico de 16 años recibe un paquete en su casa. En su cuarto no hay nada que parezca alarmante: una sudadera en la silla, un cargador enredado, unos apuntes abiertos sobre la mesa. Acaba de recibir una caja de vapeadores que ha comprado por Internet con casi todos los ahorros de su paga. No los quiere para él. Los quiere para revenderlos.
Algo importante está pasando en una sociedad cuando un adolescente puede comprar así, con esa facilidad, un producto con nicotina para revenderlo al día siguiente entre sus compañeros. Algo está pasando cuando quien hace unos años te ofrecía flores de madrugada en la calle ahora te ofrece vapers. Cuando aparecen en la puerta del instituto, en el pub al que salen los chavales, en kioscos, en pequeños comercios, por WhatsApp, por redes, de mano en mano, como si formaran parte natural del paisaje. Todo con una normalidad impecable. Todo con la calma con la que entran en la vida las cosas que han dejado de parecer peligrosas.
Esa es la primera gran victoria del vapeo: haber conseguido instalarse en el paisaje. Ya no necesita llamar la atención porque ya está dentro. Está en la rutina, en los códigos de grupo, en la estética de una generación, en los lugares donde antes se compartían otras cosas y ahora se comparte nicotina con sabor a fruta. Y cuando una nueva forma de adicción logra entrar así, sin escándalo, sin apenas resistencia y con apariencia de capricho inofensivo, lo que tenemos delante ya no es una moda juvenil sino un cambio de consumo que define una época.
Antes, determinados gestos todavía llamaban la atención. Ahora forman parte del decorado. Se vapea en parques, en terrazas, en conciertos, en la puerta de los institutos, en cualquier lugar donde haya adolescentes y una sensación de impunidad suave, casi estética. El dispositivo parece ligero, el sabor parece amable, la entrada parece fácil. Y precisamente por eso el fenómeno es mucho más serio de lo que aparenta.
En España, el 49,5% de los estudiantes de 14 a 18 años declara haber probado cigarrillos electrónicos alguna vez. Prácticamente 1 de cada 2. Se trata ya de un hábito que ha logrado volverse cotidiano en el corazón mismo de la adolescencia.
Y cuando algo alcanza esa escala, deja de ser una suma de escenas sueltas para convertirse en un sistema. Uno muy complejo y rentable. Detrás de ese paquete que llega a una casa, de ese vaper que cambia de manos en un patio de instituto o de esa calada que ya apenas llama la atención en una terraza, hay una industria gigantesca empujando en la misma dirección.
Se acaba de hacer público un estudio del Instituto Fraunhofer IIS sobre el mercado europeo del vapeo. Su conclusión es demoledora: es un sector opaco, rapidísimo y extraordinariamente fragmentado, con miles de operadores difíciles de seguir y una oferta tan desbordante que solo en Alemania el registro oficial reúne más de 470.000 tipos distintos de cigarrillos electrónicos y accesorios.
En Europa, este mercado genera 13.700 millones de euros de ingresos, de los que unos 6.600 millones pertenecen al mercado "irregular". Esto significa que casi 1 de cada 2 euros del negocio del vapeo en la Unión Europea ya circula en la zona gris o directamente negra. Y la propia investigación avisa de que, si nada cambia, ese mercado irregular podría acercarse a casi 11.000 millones de euros en 2030.
La parte más incómoda del informe no está solo en el tamaño del negocio, sino en lo que ese negocio facilita. Advierten de que un mercado irregular de esta dimensión multiplica los riesgos sanitarios por ingredientes no controlados, vacía de eficacia la protección de menores —al saltarse la verificación de edad— y coloca a los comercios legales en clara desventaja frente a........
