menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

La edad no basta: ¿Por qué a algunas personas les cuesta tanto madurar?

17 0
27.03.2026

Hay cenas en las que no pasa nada y, sin embargo, pasa todo. Una mesa agradable, una conversación fácil, una noche normal. Alguien hace un comentario sin mala intención. Otra persona discrepa con educación. Aparece un límite pequeño, una opinión distinta, una incomodidad mínima. Y de pronto, algo cambia. El tono se enfría. La cara ya no es la misma. Se instala un silencio incómodo. Contesta distinto, más frío. Y de repente, notas una distancia que antes no estaba.

No hace falta una gran escena. Basta ese momento en el que algo pequeño se convierte en algo demasiado grande. Y ahí lo entiendes. No hace falta pensarlo mucho: delante no hay una persona madura. Hay una persona adulta. Y no es lo mismo.

Cumplir años lo hace cualquiera. Madurar, no. Y quizá ese sea uno de los problemas más silenciosos de nuestro día a día. Porque hay muchas personas que por fuera parecen completamente adultas. Funcionan. Trabajan. Deciden. Organizan su vida. Incluso resultan agradables, a veces encantadoras y seguras. Pero basta que algo no salga como quieren para que aparezca otra cara. Les contradices y se tensan. Les corriges y se ofenden. Les pones un límite y lo viven como un desprecio. Todo se vuelve personal. Se cierran, castigan o se van. Y entonces entiendes que la edad no había hecho el trabajo que parecía haber hecho.

No se trata de juzgar a nadie desde una superioridad absurda. Todos tenemos momentos inmaduros. Todos hemos reaccionado mal alguna vez, todos nos hemos puesto a la defensiva, todos hemos entendido de más una crítica o hemos cortado una conversación por orgullo o cansancio. El problema no es ese. El problema es cuando eso deja de ser una excepción y se convierte en costumbre, en rigidez mental. Cuando ya no es un mal momento, sino una forma de relacionarte con los demás.

Porque cumplir años no te enseña, por sí solo, a encajar una crítica, a aceptar un límite o a no tomarte todo como algo personal. Eso se aprende de otra manera. Se aprende mirándose, rectificando, tragándose un poco el orgullo y entendiendo que no siempre tienes razón ni todo gira alrededor de cómo te hace sentir algo.

A veces la vida adulta va de cosas mucho más simples pero relevantes: de que un amigo te diga una verdad que incomoda, de que en el trabajo te corrijan, de que alguien no haga justo lo que tú esperabas. Y madurar es no vivir todo eso como una ofensa. Es pensar un poco antes de reaccionar. Es no ver rechazo donde solo hay una diferencia. Es no ver un ataque donde solo hay un límite.

En definitiva, madurar es aprender a volver a la........

© El Confidencial