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Ganó la normalidad

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18.03.2026

El que fue presidente de los Estados Unidos, Warren G. Harding, ganó las elecciones presidenciales de 1920 con un concepto tan llamativo como eficaz desde el punto de vista electoral: "la vuelta a la normalidad". La campaña fue un éxito porque supo captar con exactitud el cansancio de la sociedad estadounidense tras la Primera Guerra Mundial, la gripe de 1918, las huelgas, la inflación y el miedo al radicalismo político. La idea era tan sencilla como antigua: Harding prometía menos épica y más calma. En uno de sus discursos más celebrados, sentenció que "Estados Unidos no necesita heroicidades, sino curación; no grandes remedios milagrosos, sino normalidad".

Hay algo profundamente humano en ese anhelo. Las sociedades, como los hombres, se cansan de vivir en estado de excepción permanente. La épica es una droga magnífica mientras dura, pero el mono que deja es atroz. Los pueblos que han sufrido demasiado acaban votando a quien les promete ese derecho a aburrirse tan consustancial a la vida sin sobresaltos. No es resignación: es sabiduría acumulada en las suelas del zapato, ese conocimiento que no se aprende en las facultades de Ciencias Políticas, pero late en los mercados, en los bares de barrio y en las colas del médico de cabecera. Harding lo entendió. Y ganó con una mayoría que todavía asombra a los historiadores.

En mi opinión, los ecos de aquella campaña resonaron el domingo en Castilla y León. Los electores no solo premiaron al candidato más natural, sino que conectaron con una campaña normal. Y no lo digo en sentido peyorativo. Todo lo contrario. Una campaña que se basa en defender un balance y presentar unas medidas de gobierno es normal -porque así fue la costumbre durante muchos años-, pero resulta totalmente extraordinaria en nuestro tiempo. La verdadera revolución es devolver el debate público al lugar del que nunca debió haber salido. Porque la normalidad no está reñida con la reforma, sino que tiene que ver más con la forma y el tipo de conversación.

La gestión -tan denostada como material de venta política en nuestro tiempo, porque no sirve para fabricar un titular ni para alimentar un vídeo de TikTok- es el epítome de esa normalidad electoral olvidada. Vivimos rodeados de ofertas políticas que no tienen la menor idea de cómo llevar a cabo lo que defienden, pero no importa porque todo se sacrifica ante el altar de la frase redonda, del concepto vendible, del spin vestido de verdad revelada con fecha de caducidad. Ante el mundo del contenido sin fin, la normalidad extraordinaria de Mañueco ha consistido en saber cuál era su mensaje y repetirlo, en no dar bandazos y en vender un proyecto de futuro mientras se defiende un balance de gestión. Algo tan infrecuente que casi resulta subversivo.

Conviene, sin embargo, no caer en la trampa de convertir la normalidad en una ideología. La normalidad como estandarte puede ser, en manos equivocadas, una coartada conservadora del más rancio linaje, una manera de bendecir lo que existe y anatematizar cualquier impulso de cambio. Harding, al que la historia recuerda con más benevolencia de la que merece, gobernó en medio de una corrupción que casi entierra su legado. Lo que el ciudadano premia no es la quietud, sino la honestidad del tono y la coherencia entre lo que se promete y lo que se intenta. La normalidad que gana elecciones es la del político que mira al ciudadano a los ojos sin necesitar un telón de humo detrás.

Tampoco conviene ignorar que la política del espectáculo -esa que hoy se lleva todos los focos- no ha muerto por un resultado en las mesetas castellanas. Sería ingenuo pensarlo. El mercado de la indignación es vasto y rentable, y sus operadores son hábiles. Lo que el domingo demostró es que existe un electorado que ya no compra el ruido, que ha aprendido a distinguir entre estruendo y argumento. Ese electorado silencioso que vota antes de que los tertulianos terminen de desayunar es, paradójicamente, el más difícil de conquistar: no quiere ser seducido, exige ser convencido.

En definitiva, en Castilla y León el ciudadano ha premiado haber podido reconocer una oferta electoral comprensible y sensata. Esto no invalida la discrepancia legítima, pero deja en evidencia el exabrupto y la exageración como estrategia. Porque la diferencia se percibe siempre en la comparación. Y si todas las ofertas lucen el mismo envoltorio de algarabía y catástrofe, nadie sabrá distinguir dónde está lo normal. Hasta que alguien, con la calma de quien no necesita gritar, gana unas elecciones.

*Abelardo Bethencourt, cofundador y director general de Ernest.


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