Venezuela sin Maduro
En el desenlace del film “Muerte en el Orient Express” (Sídney Lumet, 1974), cuya trama transcurre en un tren que viaja de Estambul a Inglaterra, el detective Hércules Poirot afirma: “Un asesino repulsivo ha sido asesinado repulsivamente y tal vez merecidamente”. La frase no figura en la obra original de Agatha Christie, pero mejora la última escena al explicitar el dilema moral ausente en el libro. El repulsivo Ratchett, culpable impune de la muerte de muchas personas, es apuñalado 12 veces por 12 deudos de sus víctimas quienes, a pesar de haber sido descubiertos por Poirot, no fueron denunciados por este. ¿Por qué? La única explicación es que daba por bien muerto a Ratchett. Poirot baja en una estación del tren para encubrir los hechos ante las autoridades del país que recorría y dice: “Voy a lidiar con la policía yugoslava y con mi conciencia”.
Eso pasó con Nicolás Maduro: su captura fue ilegal, pero estuvo merecidamente sacado del poder para que comience a responder por sus crímenes. ¿Es posible aceptar ambas posturas? Para algunos no, porque si la legalidad es violada en el paso uno –la llamada “extracción”–, lo que venga después deviene en nulo. Esa será la posición que defenderá el abogado de Maduro, Barry J. Pollack, en el juicio por narcotráfico en Nueva York. Asumiendo que el gobierno norteamericano cumplía una orden judicial de su propio sistema, no se entiende cómo, para ejecutarla, debía controlar el petróleo del país donde intervino. Esta objeción se discutirá en el juicio, junto con otra derivada del hecho de que la Constitución estadounidense otorga únicamente al Congreso el poder de autorizar el uso de la fuerza ofensiva por parte del gobierno, excepto en casos de legítima defensa.
De todos modos, un país no puede declarar delincuente a un dignatario e ir a apresarlo en su país de residencia. El derecho internacional otorga a los jefes de Estado inmunidad ante tribunales extranjeros,........
