Plazas grises
06 de abril 2026 - 03:07
Siempre que veo un yacimiento arqueológico imagino lo que tenemos enterrado bajo nuestros pies. En cualquier rincón se han sucedido distintas civilizaciones. De los íberos a los celtas, de los fenicios a los romanos y visigodos. Cada una dejando su pequeño tesoro oculto. Su huella para el estudio de lo que hemos sido, de lo que somos.
A juzgar por las cosas que se me parten y pierden llego a la conclusión de que es más perdurable lo feo que lo bonito. Imagino, dentro de algunos miles de años, algún estudioso valorando lo más horrible de nuestro tiempo, aquello que nadie quiso y que nunca se rompió ni fue ansiado. Justo en su sitio, durante siglos, hasta convertirse, a fuer de resistencia, en algo valioso. Si las joyas o los mosaicos romanos que nos quedan son tan bonitos, cómo serían los que desaparecieron por su uso y disfrute. Podría elaborar ahora mismo una lista de cosas que, por feas, superarán el tiempo, pero no quiero ir por ahí.
Decía antes que tenemos enterradas ciudades bajos nuestros pies. Lo que nunca imaginé es que las ciudades, fenómeno de nuestro tiempo, iban a ser enterradas en vida. Lo vengo observando cada vez que se moderniza una plaza o una calle. Le suprimen las aceras y su antiguo adoquinado. Superponen una torta horrible de alquitrán y un pavimento de losas grises, tristes, anodinas, que en verano se recalientan y, en invierno, hacen parecer todo desnudo y frío. Esa nueva capa eleva el nivel y deja los edificios históricos o reseñables achicados, como si hubiesen cometido la ignominia de cortarle los pies. Para culminar el desaguisado, un mobiliario urbano con pretensiones minimalistas y efecto pobretón deshumaniza el paisaje, remata la infamia. El resultado es que todas las plazas pierden su personalidad y su carácter, se afean y desnaturalizan. Cuando vemos una fotografía de cómo eran las plazas antes, todos añoramos lo que perdimos. Pongamos por ejemplo la Plaza del Mercado de Jerez en pleno casco histórico. A veces es peor tener dinero y arreglar las cosas tan mal.
Un arquitecto, para crear con sentido, tiene que conocer la historia, tiene que viajar, tiene que saber mirar hacia fuera y hacia dentro. Debe dominar el espacio y ser sensible al arte. Ha de tener en cuenta el clima y el entorno y la sociedad para la que construye. Un urbanista no puede cerrar los ojos y ultrajar los edificios históricos. Un arquitecto no puede ser gris.
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