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Volver al Pichirichi

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19.03.2026

19 de marzo 2026 - 03:11

El domingo amaneció desapacible en Cabo de Gata, pero no tanto como para quitarme las ganas de sacar la moto. Recorrí la costa del Parque Natural, pasando por La Isleta del Moro, Rodalquilar y el cruce de Las Negras, hasta llegar por Fernán Pérez a Agua Amarga. El día estaba por allí muy claro. Desde Mesa Roldán, y aunque la física diga lo contrario, creí adivinar los perfiles de Cabo Tiñoso y Roldan, en el entorno de Mazarrón y Cartagena.

Seguí avanzando, en apariencia sin rumbo, pero guiado por un instinto antiguo. Cuando quise darme cuenta estaba en Terreros, subido al Pichirichi. En este lugar de ensueño pase los veranos de mi infancia y adolescencia, cuajados de felicidad plena. Cuando Terreros era aún un rincón casi secreto, despoblado, con sus playas tranquilas, sus atardeceres dorados y el silencio roto sólo por las olas. Un paraíso casi virgen donde crecí y soñé, cuando los veranos eran eternos y el tiempo aprendía a detenerse.

De muy chico vivíamos en una caseta de tela en la Mar Serena, hoy la llamaríamos una chabola. Luego, mi tío “Perdigón” levantó una de madera, y los días de temporal todos los niños nos refugiábamos en ella. Mucho más tarde, cuando acampar junto a la playa se complicó, mi madre y mi tía alquilaron una cueva entre la Mar Rabiosa y el Rincón de los Nidos. Casi se podía pescar desde la terraza; bajabas unas escaleras y estabas en la playa. Por suerte, mi tía, la “Tata”, aún conserva ese rincón maravilloso.

Recuerdo que no tendría más de cinco años cuando, precisamente en el Pichirichi, unos franceses me invitaron a probar erizos de mar. Los abrían por la mitad y untábamos el interior con pan. Mi madre decía que yo nací debajo del agua, y quizá no exageraba. La pasión por el buceo me arrasó. Ya adolescente hacía largas travesías a pulmón, hoy lo llamaríamos snorkel, hasta el Puntalón o la Isla Negra; o en sentido contrario, hasta la Entrevista. Conocía, y conozco, aquellos fondos como la palma de mi mano, cada oquedad, cada cueva, cada respiro entre las praderas de posidonia.

El río de la vida me llevó después a Cabo de Gata. El nexo de unión, al principo, fue el submarinismo. Con el tiempo también la lectura del territorio, la responsabilidad de conservarlo y la necesidad de contarlo. La ciencia no es fría, empieza en una emoción. Cuidar el territorio es también cuidar los lugares donde fuimos felices. De eso va, hoy, esta columna.

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