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El castrismo nos saca de las cuevas para meternos en contenedores

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04.03.2026

LA HABANA.- En los sistemas totalitarios de corte marxista-estalinista, ya se sabe, hay escasez de todo lo imaginable. No puede ser de otro modo: la batalla constante de los ciudadanos por la subsistencia diaria, más que uno de sus pilares fundamentales, es un requisito indispensable para su perpetuación. Así, cuanto más vital sea un artículo, bien o servicio, mayor será su escasez. Y si de bienes esenciales se trata, nadie lo duda: después del alimento y el vestido, disponer de viviendas —o siquiera de un techo donde guarecerse— es primordial para cualquier ser humano desde que abandonamos la seguridad de la cueva.

En consonancia con lo anterior, en la Cuba de los Castro resulta harto difícil para la mayoría acceder a una vivienda propia. En un país que no hace mucho acogía a unos once millones de habitantes, el fondo habitacional existente en el año 2025 apenas superaba los cuatro millones de viviendas. De ellas, el 65 % fue clasificado oficialmente como “en buen estado técnico”, mientras que el restante 35 % se encontraba en estado regular o malo. Estas últimas, por cierto, se incrementaron en más de 6 000 con respecto a 2024.

También para 2025, datos oficiales situaban el déficit habitacional en la conservadora cifra de 805 583 viviendas. De acuerdo con el Ministerio de la Construcción (MICONS), durante ese año se edificaron únicamente 2 728, lo que se traduce en un crecimiento anual del 0,1 %. Una cifra despreciable donde las haya, sobre todo para una población ya sangrada por las puñaladas del hambre, la insalubridad, la persecución política y económica y la falta de oportunidades. Al fin y al cabo, no debe olvidarse que hablamos de un país que destina un porcentaje mucho mayor del tesoro público a levantar ociosos hoteles de lujo que a reparar y equipar hospitales.

Según la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI), en 2024 la inversión nacional en viviendas —54 553 millones de pesos— superó en un 14 % la del año anterior. No obstante, los predios ejecutados no rebasaron los 7 427, un 53 % menos que en 2023, sin mencionar que el 62 % de ellos no se cargó al presupuesto estatal, pues fueron construidos por esfuerzo propio. Sobrehumano esfuerzo, habida cuenta no solo de las enormes dificultades para reunir los fondos necesarios, sino también del sempiterno déficit de cemento, acero y áridos imprescindibles para la edificación de inmuebles. Déficit que, se entiende, afecta a los nacionales, pues a través de sus voceros el régimen se vanagloria de exportar cemento y áridos.

Pero no desespere el ciudadano necesitado. En su rescate acude, una vez más, papá Estado castrista. La “gran” idea en esta ocasión —según anunció ufano el Programa de la Vivienda del MICONS— es aprovechar “más de 3 500 contenedores marítimos” que han concluido su vida útil tras arribar a la Isla cargados de paneles solares y otras mercancías. Para acondicionar estas gigantescas latas de sardinas de 29 metros cuadrados se les añadirían marcos de puertas y ventanas y espacios para sala, cocina-comedor, baño y dos habitaciones, además de pintura anticorrosiva y un revestimiento interior destinado a “mejorar la habitabilidad”, ambicioso cometido cuya efectividad, no obstante, queda por comprobar en la práctica. La etapa inicial comenzó de la mano de la Empresa de Arquitectura e Ingeniería del Mariel, mientras que la fase final —instalaciones eléctricas, hidráulicas y sanitarias, así como otros aspectos relativos a su ubicación definitiva— quedará a cargo de las autoridades locales.

La reconversión de estas cajas metálicas en viviendas será financiada por el presupuesto estatal. Y como el Estado cubano es rápido a la hora de pasar el cepillo, nadie debe cometer el error de pensar que se trata de una dádiva. Cada paupérrimo beneficiario deberá retribuir al banco una suma determinada, variable según el nivel de terminación y los materiales empleados.

Entre las provincias “beneficiadas” con el proyecto se encuentran Matanzas, Villa Clara, Sancti Spíritus, Holguín, Las Tunas, Guantánamo y, cómo no, la capital de todos los cubanos. La iniciativa pretende proveer cobijo, a través de las autoridades locales y las direcciones municipales y provinciales de la Vivienda, a personas en situación de vulnerabilidad, como madres solteras con más de tres hijos menores y damnificados por eventos meteorológicos o derrumbes totales, muchos de los cuales llevan años esperando una solución. Igualmente, recibirán una asignación algunos trabajadores involucrados en el montaje de parques fotovoltaicos.

Según afirmaron los medios en su momento, la amplitud de estas viviendas dependerá de la composición de cada núcleo familiar. Algunos textos mencionan el acoplamiento modular de varias casillas para obtener casas de entre 32 y 70 metros cuadrados; otros hablan de la asignación a cada morada de una parcela de 150 metros cuadrados, de modo que sus habitantes puedan ampliarla en el futuro si las condiciones lo requieren —o, más bien, si su economía se lo permite—.

Conviene aclarar que la iniciativa no es original de los mandamases castristas. Si bien los contenedores de mercancías no suelen emplearse como residencias permanentes, sino como albergues temporales o alojamientos turísticos, otros países han ensayado esta opción emergente, que puede resultar ecológica y relativamente rápida siempre que se ejecute correctamente, es decir, sin escatimar en su acondicionamiento. Debe tenerse en cuenta que un contenedor está diseñado para resistir la corrosión y los embates del clima, no para disipar altas temperaturas. Por el contrario, absorbe el calor durante el día y lo libera por la noche, lo que los convierte en auténticos hornos si no se climatizan adecuadamente.

En consecuencia, en el caso cubano el principal peligro radica en su incompatibilidad con nuestro inclemente verano de doce meses. Para que estas moles de acero funcionen como viviendas dignas y no como ollas de presión, es condición indispensable dotarlas de aislamiento térmico y acústico y de una climatización de primer mundo. Y, como es de suponer, en una economía endémicamente maltrecha como la nuestra, sobre todo en medio de la actual crisis, la posibilidad de cumplir tales requisitos resulta más que remota, aun si existiera toda la voluntad gubernamental para hacerlo, algo que rara vez ocurre.


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