La nación apagada
Una señora de unos sesenta años, llamémosle Iris, va hasta el balcón. Parece más vieja de lo vieja que es y tan cansada como realmente lo está. Mira hacia las casas al otro lado de la calle. En una azotea a su izquierda, una vecina, nombrémosla Mabel, tiende unas sábanas manchadas de amarillo. Se mueve con parsimonia, como quien le pesan los huesos. Alisa la tela con cuidado. Usa luego el reverso de la mano para secarse el sudor acumulado.
– Oye, se cayó el SEN – le grita Iris.
– ¿Otra vez? – Mabel no se sorprende, no se altera. Su tono de voz no denota desespero, más bien agotamiento – Yo había dejado unos frijoles en la olla de presión para ablandarlos cuando quisiera venir la corriente. Ahora tendré que encender el carbón.
Con el índice y el pulgar se acaricia los ojos, como a quien le duele la realidad circundante. Agarra una funda de almohada en una cesta a sus pies, unos palitos de tender enganchados en la pechera de su blusa y regresa a su labor. Iris, por otra parte, desde su atalaya observa a otro vecino acabado de asomar por la puerta de su casa.
– Oye, se cayó el SEN – le avisa.
El hombre no responde. Solo se encoge de hombros. Seis veces en dos años falla el Sistema Electroenergético Nacional (SEN). No va más allá de otra tarde soleada y densa en una Isla apagada.
Cerca de la una del mediodía, los medios oficiales y algunos periodistas anunciaron en sus redes la caída de la red eléctrica en la mayor parte del país. Las provincias del centro y del occidente quedaron sin servicio por completo. Más adelante se sabría la causa. La Antonio Guiteras, nuestra más potente Central Termoeléctrica (CTE), sufrió un incendio en la caldera. Al salir de imprevisto el, de por sí inestable, sistema dio fallo.
El incidente no solo afecta a las Iris o las Mabel, también a hospitales donde se hallan, por ejemplo, pacientes conectados a máquinas de soporte vital. Entonces los centros de salud deben recurrir a grupos electrógenos para los cuales escasea el combustible.
Ello significa imposibilidad de comunicarse con las ínfimas ambulancias en existencia, con la policía, con los bomberos, con los amantes
Ello significa imposibilidad de comunicarse con las ínfimas ambulancias en existencia, con la policía, con los bomberos, con los amantes
La telefonía móvil e incluso la fija, insuficiente ya, desaparece casi por completo. Los intentos de llamada ni siquiera alcanzan ese momento donde una voz neutral comenta, “el número (…) está apagado o fuera de servicio”. Las rayas de cobertura, sencillamente, no están cuando revisas la pantalla del celular. Ello significa imposibilidad de comunicarse con las ínfimas ambulancias en existencia, con la policía, con los bomberos, con los amantes.
En las primeras desconexiones se asustó el pueblo. Hubo una especie de pánico colectivo. Rondó la sensación de tocar fondo; sin embargo, a estas alturas, ya no se sabe cuánto más podremos descender o si hay algo así como un fondo.
En los constantes derrumbes del sistema, que suceden cada dos o tres meses, intervienen varios factores: la desvencijada infraestructura eléctrica y la falta de diésel, gasolina, petróleo. El último de los motivos en estado crítico luego de que la administración Trump interviniera en Venezuela, uno de los principales proveedores de Cuba. No se hizo esperar la amenaza de mayores aranceles a cualquiera empresa o nación que se atrevieran a exportar combustible a la Isla. La oscuridad proviene tanto de afuera como de adentro.
Mabel baja de la azotea hasta el patio. Ahí, sentada en una butaca con varios cojines en el espaldar, descansa su madre. “Me contó Iris que el SEN se cayó”. Esta le responde con un ruido a la mitad entre un murmullo y un resoplido. Hace meses perdió la razón, pero su hija insiste en hablarle, en indagar si detrás de sus ojos idos y neblinosos aún permanece alguna claridad o raciocinio.
Ella llegó semanas atrás a los cincuenta. No tiene hijos. Abandonó su trabajo en un hotel para cuidar a su mamá. Vive de la pensión a jubilados y de un pequeño huerto donde cultiva yerbabuena, que vende a bares locales. Un negocio de quilos. No da mucho; pero apuntala la economía doméstica.
Entra a un cuartico de desahogo. Sale de allí con unos cuantos pedazos de carbón que sostiene en los antebrazos. Va hasta una hornilla casera, una caldera vieja, sostenida por una patas de cabilla corrugada. Antes del fallo del SEN acumulaba más de 28 horas sin servicio eléctrico. La corriente vino diez minutos y después cayó la red. Ahora no sabe cuándo regresará. Uno o dos días con suerte.
Coloca el carbón dentro de la hornilla. Mira sus manos y uñas tiznadas, cuarteadas, sucias, por las labores caseras y la siembra de yerbabuena. Ya no le preocupa su imagen; más que cincuenta parece tener sesenta.
– Veremos qué hacemos con tus sábanas orinadas. Lavar a mano me está matando –le comenta a su madre y mira la lavadora, un simple objeto decorativo en un rincón del patio. Desde la butaca solo le responden con un frufrú de cojines.
Busca un pomo con menos de una cuarta de petróleo, una libreta, una fosforera y un pedazo de carbón en el alféizar de la ventana. En la cocina, esperan el fogoncito eléctrico y la arrocera inservibles. El gas licuado se le agotó meses atrás. Según comunicó el Gobierno, por el momento no se distribuirá. En el mercado negro una balita –el recipiente para almacenarlo– cuesta unos veinte mil pesos, cinco veces la pensión de su madre. Necesita cocinar algo, aunque no sean los frijoles. No pueden pasarse el día a base de pan, bastante caro también.
Necesita cocinar algo, aunque no sean los frijoles. No pueden pasarse el día a base de pan, bastante caro también
Necesita cocinar algo, aunque no sean los frijoles. No pueden pasarse el día a base de pan, bastante caro también
Rocía la hornilla con el petróleo, luego prende un pedazo de papel y lo lanza encima. El carbón se enciende con un rojo pálido superpuesto a su negrura. Para avivarlo lo abanica una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Mientras tanto, solo puede pensar cuándo restablecerán el maldito SEN.
En la década de los noventa, cuando el país perdió el apoyo de la extinta Unión Soviética, hubo cortes prolongados del fluido eléctrico. Si le preguntaras a Iris, que en aquella época no sobrepasaba los veinte y lucía uñas hermosas con arabescos pintados, te respondería: “Los de ahora son muchos peores”. En aquel entonces había una especie de programación y lograbas organizarte; no como ahora que sabes cuándo se va la luz, pero no cuándo regresa.
Desde el mandato de Kennedy, Estados Unidos sometió a la Isla con un bloqueo económico. La imposición dificulta la exportación de enseres y recursos de cualquier nación en la esfera de influencia norteamericana. Las diferentes administraciones han arreciado o contenido el mismo; pero siempre está ahí, como una cruz financiera y social. Propició la dependencia de Cuba a un mecenas o varios para respirar.
Durante los 2000, ese puesto lo ocupó la Venezuela de Chávez a quien luego reemplazaría, el, al parecer, ahora olvidado Nicolás Maduro. Gracias a los beneficios de la alianza y el combustible a bajo precio, en comparación al mercado internacional, disminuyó el déficit eléctrico.
Incluso Fidel Castro, en un alarde de optimismo, desarrollaría una iniciativa denominada Revolución Energética donde se le vendieron equipos electrodomésticos como fogones, refrigeradores, ollas de presión con facilidades de pago. También se invirtió en la generación distribuida; es decir, se instalaron grandes grupos electrógenos para aumentar la potencia del país en vez de apoyar en la reparación o construcción de nuevas CTE.
La gran cantidad de combustible necesario para mantener estas máquinas representa un gasto insostenible
La gran cantidad de combustible necesario para mantener estas máquinas representa un gasto insostenible
Más de veinte años después lo entenderíamos como una decisión errónea. La gran cantidad de combustible necesario para mantener estas máquinas representa un gasto insostenible. Las termoeléctricas, por otra parte, con más de veinte años de explotación (las más nuevas) y solo con intervenciones superficiales, parches y remiendos por aquí y por allá, comenzaron a romperse una tras otra.
Para arreglarlas se necesitan piezas a las que, por culpa del bloqueo, no se puede acceder o cuestan el doble o el triple de lo normal. Quizás nosotros seamos el único pueblo del mundo cuyos habitantes sepan el nombre de cada una de sus estructuras generadoras: la Guiteras, la Renté, la Lidio Ramón Pérez. Un pequeño detalle tragicómico.
La situación alcanza su punto álgido con la llegada al poder de Trump en su segundo periodo. Él forzó las restricciones sobre la Isla a un punto nunca visto. Su irrupción violatoria del derecho internacional en Venezuela amilanó a uno de nuestros principales suministradores. Además, amenazó con elevados impuestos a quien se atreviera a venderle combustible a Cuba. Según su lógica enfermiza, con el objetivo de asfixiar al gobierno, pero antes ahogan al pueblo, a Mabel y su madre.
Todo ello se traduce en cortes de luz de más de 48 horas. Tesla y Edison constituyen santos de la contemporaneidad. La energía eléctrica encarna una parte esencial, casi imprescindible, de lo moderno. Su ausencia trae sensaciones de incivilización y barbarie. Los cubanos, gracias a un contexto no solicitado, han debido aprender a sobrevivir así. Regresaron a prácticas primitivas como cocinar con leña o lavar a mano o dormir en las azoteas para aprovechar la brisa nocturna y escapar del calor sofocante de los espacios cerrados.
Iris continúa en su atalaya. Huele en el aire el olor a carbón proveniente del patio de Mabel. Seguro trata de ablandar sus frijoles. La pobre. El resto de los vecinos han salido a sus portales, balcones, terrazas. Todos comentan la noticia esparcida por ella. Escucha conversaciones entrecortadas, “¿Hasta cuándo vamos a estar así?” “Horrible” “No de nuevo”.
En otros países, la desconexión de su red energética hubiera provocado una crisis total, visiones de un apocalipsis
En otros países, la desconexión de su red energética hubiera provocado una crisis total, visiones de un apocalipsis
Considera más triste aún la nula alarma, la adaptación de las personas a su normalidad horripilante. En otros países, la desconexión de su red energética hubiera provocado una crisis total, visiones de un apocalipsis; sin embargo para los cubanos es solo un 4 de marzo.
En un par de meses sucederá otra vez. El Gobierno ahora desarrolla un plan para recurrir a la energía renovable. Construyen parques fotovoltaicos. Le ruegan a la gente paciencia; pero no queda mucha. Primero sintieron impotencia, luego convertida en furia, y por último en ácida resignación. Probablemente, mientras las políticas norteamericanas prosigan así y el gobierno no desarrolle una estrategia más efectiva y rauda, nada cambiará.
Iris quería hacer algo con ese malestar en su pecho, cuando se enteró de la caída del SEN. Por eso quiso comunicárselo a sus vecinos. Para ella el dolor compartido no se multiplica, se divide, y por tanto toca a menos para cada cual. Ahora se siente abrumada, tal vez decepcionada por la reacción colectiva. Con calma cierra las puertas de su balcón. Se tirará un rato en la cama. Tal vez, después de dormir, su realidad sea distinta. Quizás al despertar los apagones, Trump, los aranceles, las termoeléctricas defectuosas no estén ahí.
